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La visión más optimista de todas

- ¿Y?, ¿No sientes celos que ella vaya a visitar a ese amigo?-

- Para nada, ¿Por qué debería sentir celos? Yo estoy seguro de lo que ella siente por mí, y no desconfío de lo que haga allá. Ella me ama, yo la amo, eso es de lo que estoy seguro, es más, mejor que vaya donde él, porque al final ella es mía, y él que va a ver y sufrir va a ser él, porque no la puede tener –

- ¿Pero no te has puesto en el escenario que ella te engañe con él?, ¿Qué harías? –

- Bueno, si ella me cambia por él, es simplemente porque ella asi lo quería. Así son las cosas, asi es la vida, y para que exista amor ambos tienen que sentir lo mismo. Simplemente estarán juntos y serán felices. Y hasta peor por él, porque ahora empezará a sentir celos, celos de mí, porque me convertiré en lo peor monstruo que puede tener alguien… El ex.

Eugenio Molina


(Este cuento es la segunda parte y ¿Final? del cuento Estación Yungay (Lecciones Sobre soledad)

El teléfono sonó. Eran las 12 y media de la noche, y me apure a contestar de mala gana, de repente una voz al otro lado del auricular me dice.
- Disculpe que lo llame a esta hora, pero lo llamo por una emergencia. Encontramos su número en las ropas de un señor que acaba de tener un accidente, ¿Usted conoce a Eugenio Molina? –
Me demore un rato en volver a hablar, estaba realmente sorprendido.

- ¿Aló?, ¿me escucha señor? –
- Si, si, lo escucho – respondí lentamente
- ¿Lo conoce? –
- Si, lo conozco –
-¿Es usted familiar? –
- No, soy un… amigo de él –
- Lamento decirle que el señor Molina falleció –
Quede en silencio, y una lagrima comenzó a correr por mi mejilla.
- Usted es la única persona que lo conoce que hemos podido contactar, ¿Conoce usted a algún familiar de él? –
- No – demoré en responder, con la voz un poco quebrada – No, conozco a ningún familiar suyo –
- Eh, entonces déjeme decirle, que puede recoger sus restos en el servicio médico legal, mañana después de las nueve de la mañana –
- Ok – respondí
- Le repito, mi más sentido pésame –

Créanme. Realmente créanme cuando les digo que esa noche lloré a Eugenio como a un padre. Solo habían pasado tres semanas desde que lo había conocido, pero no podía creer que hubiera muerto. Al otro día fui temprano al servicio médico legal, donde me dijeron que Eugenio Molina, había muerto atropellado y la persona que lo había atropellado se había dado a la fuga. Soy estudiante, y no tenía dinero para pagarle un funeral a don Eugenio Molina. Afortunadamente una amiga a la que le había comentado de mi extraña tragedia y la historia de Don Eugenio, me dijo que me daría una de las sepulturas que su familia estaba pagando. Mis padres por su parte no entendían que yo sintiera pena por la muerte de una persona que apenas había conocido, “un pordiosero de la calle”, incluso llego a decir mi viejo, lo que me pareció lo más falto de respeto que podía alguien decir. Junto con el cuerpo, me entregaron las pertenencias con las que lo encontraron. Un lápiz (el que le había obsequiado), y un diario de vida, unas pocas vestiduras ensangrentadas y sucias, su cedula de Identidad y un billete de dos mil pesos. Me pareció increíble que en la situación de calle en la que él vivía se hubiese realmente guardado el billete para comprarle algo a Amelia.

Al funeral solo asistimos, yo, mi amiga junto a sus padres y su hermano, y un párroco amigo de su familia. Fue una ceremonia sencilla, y en la lapida mande a inscribir la inscripción “Eugenio Molina 1931 – 2009. Apóstol de los solitarios y los que esperamos algo en la vida”. No abrí el diario hasta después del sepelio y allí encontré intactos las dos fotos y el telegrama, únicos testimonios de la existencia de Amelia. Pero en la página donde estaban guardadas las fotos, antes vacía, Eugenio había escrito algo con el lápiz que yo le había regalado:

“14 de Febrero de 1956. Ya quedan solo horas para llegues mi amor, y la espera ha sido muy larga. Hoy hable con un joven muy agradable que nos invito a su casa, cuando vuelvas, para que lo conozcas, yo sé que él te va a agradar también. Este lugar ya no es el mismo que cuando te fuiste, es mucho más silencioso, pero nada importa porque sé que estarás de nuevo junto a mí. He pernoctado en este lugar, y un señor que se encargaba de cuidar la estación me ha permitido quedarme acá. Desde que se derrumbo el andén de la estación por un incendio esto ya no es lo mismo mi amor, pero a veces las cosas se me olvidan un poco, y no recuerdo bien muchos detalles para contarte, pero sé que cuando vuelvas los recordare y te los contaré y nos reiremos juntos. Ha pasado harto tiempo pero todos los días me levanto sabiendo que volverás y eso es lo que me motiva día a día. Me compré un traje nuevo, y te compré un anillo que tengo guardado en la casita de acá de la estación que es bien cómoda y donde podremos vivir los dos juntos. Cada día que pasa te extraño más mi amor, y solo quiero que vuelvas para sentirte mía de nuevo, y darte mil besos y abrazos, mi reina coronada de cabellos azabaches. Siempre tuyo Eugenio”.
Fui de nuevo a la casita abandonada por Eugenio sobre la estación a buscar alguna pista que me explicara la razón de su locura. Entre al maloliente lugar lleno con papeles tirados en el suelo, y una que otra hez. En ese horrendo lugar, moví algunas pocas cosas, pero fuera de algunas frazadas dañadas por la humedad, no había nada. Pero justo debajo de una de las frazadas y junto a unas bolsas con restos de migas de pan, encontré una piedra muy grande que no iba con el suelo de tierra de alrededor. Levanté la pierda del suelo, y encontré a salvo de la humedad un cofrecito y una bolsa negra. Con varios papeles. En el cofrecito tenía una inscripción de una joyería borrada por los años, y adentro había un reluciente anillo que contrastaba con el entorno en el que estaba. Volví a cerrar el cofre y lo deje a lado mío, y abrí la bolsa. Adentró había unos papeles de cuaderno, escritos con una lapicera en forma de versos. Les eche una ojeada rápida, porque me llamaba más fuertemente la atención un diario que había al fondo de la bolsa. Extendí el diario y en la portada decía:

“TERRIBLE ACCIDENTE FERROVIARIO EN CERRILLOS. AL MENOS 23 MUERTOS Y 198 HERIDOS”. Seguí leyendo debajo de la foto que mostraba un montón de fierros destrozados en medio de un montón de personas, y bomberos. “El accidente ocurrió a las 4 de la mañana de hoy cuando un convoy con dirección a Cartagena chocó con un tren con dirección a Santiago”. Miré la fecha del periódico: “14 de Febrero de 1956”. Agitado, torpemente abrí las hojas del diario que se empezó a deshacer en mis manos, producto de la vejez, y unas páginas más adelante, encontré en un recuadro “la lista de las víctimas”. Baje con el dedo, y revise nerviosamente cada uno de los nombres, hasta que me detuve en uno: Amelia Martínez, 22 años aproximadamente. Ahora lo comprendía todo. Pobre Eugenio.

Estación Yungay (Lecciones sobre Soledad)



"Hoy en la mañana me levanté muy temprano, antes del alba incluso. El aire de la madrugada estaba sofocante, y hacia ya bastante rato que no podía pegar pestaña. Me levante de mi incomodo catre y acerqué la sillita de madera junto a la entrada de la pieza. Amarré la cortina que tengo en lugar de puerta y me quede un rato mirando hacia el patio, escuchando la soledad de aquellas horas. Encendí el brasero, y puse la tetera encima para hervir un poco de agua que me quedaba y me hice un mate con el que acompañe la violenta y repentina llegada del sol de la primavera. Amelia, solo podía pensar en ti, y la pena me empezaba a abrumar, pero estaba decidido a que iba a hacer de esta una mañana muy especial para ambos. Apenas escuché las campanas de la iglesia del Santísimo Sacramento que llamaban a la misa de las siete, me levanté de mi silla, y apure los últimos sorbos de mate, para ir donde mi compadre Ramón. Camine los pocos metros que me separaban de su cuarto, y toque tímidamente la puerta. La comadre me recibió, mientras se ponía un collar con una imagen de la virgen que le había heredado una tía, y me dijo que esperara al compadre. Le dije que solamente necesitaba un poco de fijador para el cabello, y apurada me paso el tarro entero. Me devolví a mi cuarto, pero antes de eso, fui donde Don Belisario para que me prestara su chaqueta de franela, porque él era el único que hoy no iba a misa, porque tú ya sabes que él no es creyente y está metido en eso de los sindicatos y esas cosas. De buen grado me paso la chaqueta y aproveche de pedirle un sombrero porque se veía ya que este iba a ser un día caluroso. Yo me apure a vestirme, peinarme y me puse un poco de esa colonia que tú me regalaste, pero de la que ya solo me queda un poquito, mientras comía apurado un poco de charqui que me quedaba en el pequeño mueblecito. Salí a la calle, y en la esquina, conté las monedas, y vi que me alcanzaba para comprarte una flor, aunque sea una sola flor, aunque no me alcanzará ni siquiera para los viejos tranvías que aun circulan por San Diego. Camine lentamente, pensando en las cosas bonitas que habíamos pasado juntos. La vez que nos conocimos, en las fiestas patrias en aquella ramada que quedaba en el camino a Barrancas. Yo no era muy amigo de las fiestas, y siempre he sido un poco tímido. Mis amigos me decían que te sacará a bailar, pero yo te veía que bailabas cueca con un donaire y un encanto que me maravillaron. Me acuerdo con gracia que insistieron e insistieron con que te sacará pero nunca me atreví, hasta que tú te paraste y me tomaste del brazo y me llevaste al medio de todos. Realmente me encanta de ti esa actitud y esa fuerza, y es que en estos más de dos años, me has hecho el hombre más feliz del mundo. Aun no entiendo que me ves, porque lo que es verdad, yo nunca he sido muy agraciado, pero tú te empeñas en decir que soy el hombre más bello del mundo. Dices que te encanta mi poesía, e incluso me has dicho que seré el próximo Vicente Huidobro, pero sabes bien que tú eres mi inspiración. Crucé la alameda lentamente y seguí mi camino por ahumada hacía Mapocho. Me lamente de que hubieran movido la pérgola de las flores hacia ese lado, porque ya a esa hora el calor se volvía un poco insoportable. Pero todo sacrificio es nada para agradarte, mi reina coronada, y te compré una rosa, y al parecer le resulte agradable a la florista, porque me regalo otra rosa más pequeña. Pregunté la hora a un señor que pasaba por la calle, y me dijo que eran casi las nueve de la mañana. Seguí caminando ahora un poco aliviado bajo la sombra de los árboles de parque forestal, viendo las flores abiertas de la primavera, y con mi corazón latiendo cada vez más rápido por la alegría de verte. Y es que no sabes Amelia, cuanto es lo que yo te amo, que por ti haría cualquier sacrificio. Llegue a providencia y seguí unas cuadras más allá, y al doblar por la esquina de tu casa, me detuve mientras veía al chofer subir, las maletas al auto de los señores. Vi al pequeño Agustín dar vueltas alrededor, mientras la señora Leonor, se subía al auto. Espere unos minutos mientras el auto se alejaba, y apenas pasaron por donde yo estaba, me apure a cruzar la calle, y tocar el timbre de la casa. Por la ventana me dijiste que te esperara unos minutos que fueron para mí como un siglo, y apenas saliste, te vi despampánate con ese vestido blanco con flores, tan hermosa, que la sonrisa no se me borraba. Abriste la reja y nos fundimos en un abrazo bien fuerte y cálido. Me ofreciste un poco de agua, y me ofrecí a buscar tu maleta a la casa, pero me dijiste que la habían llevado en el auto de los señores. Cerraste todas las puertas, y salimos caminando mientras te cobijaba en mi brazo, y tú sonreías. Llegamos a la esquina, y abrí mi chaqueta, para sacar las flores que te había comprado. Abriste bien grandes tus ojos y tu boca, y te pusiste las manos, junto a la cara, y me diste un gran abrazo. Te pusiste la flor pequeña en tu pelo azabache tan bello. Cuando paso el trolley 10, lo paraste, y viendo mi cara de sorpresa, me explicaste que no querías llegar inmediatamente a la estación, y que me habías mentido, que el tren no salía a las 12 sino a las 12 y media, sólo para que yo llegara más temprano. Me sonreíste de nuevo y tu sola sonrisa me olvido de todo, pero nuevamente me tomaste del brazo y me subiste apurada al trolley. Avanzamos lentamente por catedral y tú, sentada, te apoyaste en mi hombro, y estoy seguro que sentiste los latidos de mi corazón correr más rápido porque me pasaste la mano por la frente, como si tratarás de calmarme. Llegamos a la Quinta Normal, y al bajarnos había un señor con una cámara a la entrada del parque. Saqué las últimas monedas de mi bolsillo, y le pedí que nos sacara una foto (Te la mostraré cuando vuelvas a Santiago). Caminamos lentamente por Matucana hacia la estación Yungay, y en nuestro andar mostrábamos que no queríamos que los minutos se acabarán nunca, y yo sentía junto a ti, que nuestra felicidad la envidiaba todo el mundo al vernos pasar, y que nada podía estar mal. Llegamos a la estación, y subimos al andén. Nos sentamos en una banca a esperar el tren que te llevaría a Cartagena a la casa de tus patrones donde estarás todo este verano. Será la navidad más triste y el año nuevo más triste, pero estoy seguro que cuando vuelvas en febrero todo será felicidad en nuestras vidas. No quise decirte en ese momento que estaba ahorrando centavo por centavo, para poder comprarte un anillo, y pedirte la mano. No importa, nuestra felicidad no se acabará por lo pronto. Y es tanto lo que te quiero que no escribiré más hasta que no vuelvas porque te tengo reservados los sonetos más lindos que alguna vez hayas escuchado. Llego el tren. Nos fundimos en un abrazo eterno, y no quería dejarte ir. Te vi subir después del último llamado, y mientras te alejabas, corrí junto al tren hasta verte marcharte a lo lejos. Boté unas lágrimas, y me habré quedado ahí mirando hacia el horizonte unos minutos, hasta que el grito de un vendedor en el andén me hizo volver a la realidad. Te extrañaré un montón y este es el testimonio de que lo haré, y lo leerás cuando vuelvas. Te amo con todo mi corazón, y siempre lo haré. Siempre Tuyo Eugenio. 12 de diciembre de 1955”.
Era la última página escrita del diario. Un par de páginas más adelante, entre medio habían dos fotos a blanco y negro y un papelito. En una de las fotos, salía una joven muy bonita mirando hacia la nada, como las típicas fotos de la época. En la otra, la misma joven sonreía con un vestido a flores abrazando a un joven que era sin duda el viejo, en una tarde soleada. Y el papelito era un telegrama fechado el lunes 13 de Febrero de 1956: “EUGENIO LLEGARÉ MAÑANA A YUNGAY EN LA MAÑANA. BESOS Y ABRAZOS. TE AMA. AMELIA”.
Hacía más o menos una hora había llegado a la placita que queda frente a las desoladas ruinas de lo que alguna vez fue una estación de tren que servía de enlace entre Estación Mapocho y Estación Central. Estaba dibujando un boceto de los vestigios de lo que fue esta estación. En la esquina, había un viejo que se acercaba a los autos detenidos por el semáforo pero que en lugar de pedirles monedas, les preguntaba la hora. Pero su sucio y desagradable aspecto no despertaba sino la repulsión de los conductores, que sumado al frio de la mañana pasaban con las ventanas de los autos cerradas. Paré un instante de dibujar y prendí un cigarro, y de repente el viejo, me miro y se acerco lentamente a mí, y masculló algunas palabras incomprensibles, pero hizo la señal de acercarse los dedos a la muñeca. Le di la hora, y me pidió un cigarrillo. Yo se lo acerque, y le pase fuego, y quede realmente sobrecogido por su aspecto tan lamentable. Mientras cruzaba de nuevo la esquina, a la distancia me hizo la señal de que lo siguiera. Lo dude varios segundos, pero ya desde el otro lado me volvió a mirar y me hizo señal de que me acercara, así que deje de lado mis miedos, levante mis cosas, y cruce la calle apurado antes de que diera el rojo. Subí las escaleras que llevaban al terraplén de lo que debió ser el andén de la estación en otro tiempo. El viejo había cruzado los rieles que aun estaban ahí, y yo mire a ambos lados antes de cruzar, como si algún tren fuese a pasar por aquel lugar, y me di cuenta que en el puente sobre la avenida carrascal había unos alambres de púas cortando el paso. Sabía que aquel lugar era bastante peligroso como para estar ahí, pero me fije bien de que no hubiera ninguna otra persona cerca. El viejo había traído una roca grande y redonda donde se sentó. Al lado tenía un pedazo de tronco, que servía de banquita donde me ofreció sentarme. Me senté junto a él, a fumar lentamente, y empezó a hablarme, pero no le entendía casi ninguna palabra de lo que decía. Yo solamente asentía con la cabeza fijándome con la mirada en el par de dientes que apenas se aferraban a sus encías. Seguía sin entenderle nada de lo que me decía hasta que él noto mi cara de desconcierto, y entro a una casucha de madera, cartones y latas que tenía junto a una muralla. Yo lo esperé afuera y llego con una libretita verde de cuero, viejísima y roída por los años. Al parecer tuvo en otras épocas letras doradas pero que ahora solo quedaban sus sombras, y unos puntos de aquel color. Abrí el diario, y encontré muchas páginas humedecidas, y con la tinta corrida. Eran varias páginas de un diario escrito hace muchos años, y las fechas se sucedían una tras otra: 26 de Septiembre de 1955, 16 de Octubre de 1955, 7 de Noviembre de 1955… Pero la última página escrita no tenía la fecha escrita al comienzo del relato sino al final, y el relato era bastante más largo que el de los demás días. Mientras yo revisaba el diario, el viejo me seguía hablando como queriéndome contar una historia, y sonriente me miraba contándome una anécdota de la que apenas entendía una que otra palabra que salía atropelladamente de su boca. Al parecer el viejo llevaba bastante tiempo sin hablar con otra persona, y la alegría de hablarme lo tenía todo agitado. Esperé a que terminará de hablarme, y me puse a leer la página: “Hoy en la mañana, me levante muy temprano…
Guarde las fotografías y el telegrama en el mismo lugar donde estaban, y mire al viejo que me miraba con una cara de ternura y emoción que realmente me conmovieron. Se concentró un segundo como para tratar de hablarme lo más claramente posible, y mientras yo le devolvía el diario, me hizo una pregunta que entendí a la perfección
- ¿Ella Volverá, Cierto? –
Lo mire fijamente, no tenía otra respuesta más que asentir débilmente. Cuantos años llevaba el viejo esperando a Amelia ¿Más de 50?. O puede ser que ella volvió y no lo recuerda. Algo de miedo y compasión me invadieron y no quise preguntarle los detalles de qué había pasado en estos últimos cincuenta y tres años. Decidí seguirle el juego, y le dije
- Don Eugenio, mire, cuando ella llegue de vuelta de Cartagena, los invito a mi casa a comer algo y a celebrar su compromiso – Le dije mientras sacaba un papel y un lápiz de mi mochila para anotar mi teléfono. No sé porque se me ocurrió hacer tamaña estupidez, pero anote mi teléfono y mi celular en el papelito, y se lo pasé y él lo guardó en el bolsillo de su abrigo. Saque un billete de dos mil pesos se lo entregue, y le dije – Tenga esto, para que le compré algo bonito para cuando llegue ella – Fue tonto decirle algo así, pero supuse que tarde o temprano el viejo iba a usar ese dinero para comer o tomar algo, pensé. Cuando estaba volviendo a guardar el lápiz, el viejo me pidió que se lo regalara. Se lo entregué y me dijo – Gracias Joven. Usted es una buena persona. Cuando nos casemos con mi Amelita, usted está invitado a la boda, no se le olvide – Y luego me sonrió.
Camine apresuradamente por las escaleras, y seguí por Balmaceda hacía el parque de los reyes. No podía creer que el viejo viviera así, pero no parecía absolutamente loco. Incluso se veía feliz porque su Amelia iba a llegar.