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Un verano con dos meses de adición











Me preguntarás si recuerdo aquel sol atravesando las nubes como si fueran persianas, y con él, el calor de mi rostro aumentando a cada segundo, caminando impasible como roca, decidido quizás a no dar marcha atrás, seguro y directo, como creyendo que le había dado ese toque teatral a aquel momento. Pero aquellos días se nublaron y aunque aquel verano recién nacía, yo viví la otra cara del sol golpeándome en la espalda. De luces cálidas y ambiente festivo solo fui la estatua altiva que quedó, y buscando, anhele tu sol, pero no era el mío. Fui solo el convidado de piedra en aquel festín profano al que nunca pude llegar. Pero cuando la garganta quemó más que nunca y mi desnudez fue espectáculo para el regocijo de su venganza, pude entender que la vida no tiene finales, sino que pausas, y es allí cuando vuelves a la carga como un gallo con el orgullo herido y te das cuenta que una noche, cuando menos te lo esperes, en una terraza te sentarás a ver el mundo frenar y el frenesí de los tambores y los cuerpos danzantes, sudorosos y pegajosos, te harán saber que el sol solo se tomó una pausa para refrescarse y nada más.








Y compartiste entonces las tardes inmóviles de lentas apariciones y cantos apacibles con la monótona esperanza, y viste que no fue así. Pero cumpliste con ver la vida con los colores que jamás imaginaste. Y si los globos hechos con bolsas de supermercado flotaron, fue porque escribiste en la ventana con lápiz labial, que el curso de los días te entrega privilegios que solo quedarán plasmados en la instantánea de la memoria. Pero nadie lo creyó, ni siquiera la luz de la calle que se filtró por esa ventana cada noche, ni tampoco las voces encendidas que te hicieron creer que aquella noche podría ser el postrero final, porque todo estaba recién por concluir. Y si escapé entre sueños al otro extremo del mundo y volví, fue solo para entregarnos en la última y más gloriosa epifanía de la que siempre tendré memoria. Pero fuimos dos locos, y el odio fue más fuerte, y cada uno agarró su destino y se lo echó al hombro y lo movió, un poquito hacia allá, tú, un poquito hacia acá, yo, para que nunca más se volvieran a cruzar, y para que meses después estuvieran a cientos de kilómetros de distancia el uno del otro.










Pero vivimos de agua, alimentos y recuerdos, y mi destino se impregnó del pavimento de la carretera y mientras otras calles y otras canciones se fueron quedando tatuadas para siempre en mí, la noche cayó avisando que había llegado tarde al funeral de mis ilusiones. Fueron verdes noches iluminadas las que me hicieron nuevamente testigo de aquella alucinante verdad de la que siempre fui parte. No existió reposo más esplendoroso, ni escenario más sobrecogedor para este patético entremés, que el de los canes recortando con su figura el horizonte para que me besaras cual judas a la luz del fuego que quemó nuestros sueños.







Firmamos aquel pacto ficticio y nos pusimos los antifaces para actuar en la escena final y repartimos el botín cuando los guardias hubiesen caído, y corrimos de frente tomados de la mano contra nuestro seguro paredón, y nos hicieron tragar el polvo fino de la cordillera. Pero lo que creyeron que sería nuestro castigo, era solo un señuelo para que pudiéramos cruzar los cercos y derribar las murallas, para que en una misma noche, las lágrimas se desorientaran en nuestras sonrisas. Pero vino entonces aquella sequia que duro diez largos años y el sol nos quemó, y no pudieron salvarnos las grises ropas vueltas jirones, y nos convertimos en mendigos de una pizca de amor, y fuimos perseguidos por haber conocido el pecado y la vergüenza. Pero fue allí que te encontré para concederte el placer de matarme y resucitarme en un silenció que nadie pudo captar con la alba mañana colándose entre las rendijas de la puerta y sin más testigos que tres cuncunas bajo el diván. Pero no fui capaz, y si en agua de vertientes recibí mi bautizo, fue porque el sol me desterró de aquel paraíso terrenal, y huí fustigado por las luces de la carretera, y entré silencioso una madrugada sin despertar a la ciudad de su profundo letargo. El sol del amanecer te trajo de regalo para mi, envuelta en aromas de azafrán pero solo para burlarse de mi rostro y hacerme entender que esta vez la condena por mis crímenes era infinita.











Y otra vez escapé buscando nuevos mundos, pero lo que hallé fue solo un espejismo que me hizo sentir que esta vez el verano moría al fin para mí. Pero quizás ese puzle que armé un día después de la hecatombe, fue la que me condujo al lugar donde los astros se cruzarían en una armonía perfecta que me recordó a tus viejos movimientos en un vestido de verde veronés. La pálida luz que atravesó tu silueta, iluminó nuestro eco de promesas que se arremolinaban por salir de nuestras bocas, desesperadas, como náufragos aferrados a una tabla. Pero nos dimos el lujo de ver caer los vasos y ver repetir las promesas convertidas en risas que acallaron hasta el más pequeño susurro de este gigante que se había despertado de su centenario sueño, que sufre año a año, cuando los rayos del sol lo aprietan contra el ardiente concreto, y las coloridas mariposas se reparten hacia todos lados para poblar cada rincón de luz. Pero aunque su ardiente mirada vigilaba cada uno de nuestros movimientos, siempre pudimos escapar de la vigilancia de este coloso, volviéndonos más pequeños, y confundiéndonos entre la multitud, y escapamos de las convenciones y dejamos huella en cada adoquín que pisamos, mientras curábamos con besos el dolor de las mejillas y con sonrisas el dolor de los labios, pero poco a poco los días se fueron haciendo más cortos y las casas nos parecieron más iguales, y dejamos de hablar el mismo idioma, y hasta llegamos al punto de no saber ni siquiera quienes éramos ni porque estábamos ahí.










Fue hora de elegir un único camino, pero apareció ella de la nada, convertida en una adulta que jugaba a ser niña y que decidió regalarme dulces aunque nos hubiésemos parecido dos totales extraños. Era ya la agonía pero meteóricamente le dimos vida y color a los últimos pastos, pero trajimos al presente las tragedias del pasado convertidas en un huracán que barrió hasta lo inexplicable y viéndote de nuevo aparecer como una visión, repetí en mi mente que el verano muere pero jamás se rinde, y el sonido del primer crujido de la primera hoja seca bajo mi pie, veinte semanas después de cuando debió ocurrir, me enseñó que no hay camino más tortuoso que el que caminas a solas, pero que se hace más llevadero cuando lo recorres apretando en tu mano el amuleto de tus recuerdos.


Quizás algun dia esto sea algo más


Zumbido. Silencio. Las letras toman una forma extraña, precaria, al paso tímido del lápiz por el papel. Pero mis venas reconocen ese ritmo de la sangre corriendo. Pero mi cuerpo reconoce esa lucha con el alma pidiéndole escapar en esta noche dorada, reconoce esas ganas que trae de irse otra vez, hacia quizás dónde, y sin saber a qué.

En tu honor


En tu honor, en tu memoria, caminare las calles de esta ciudad silenciosa, mirando hacia arriba, y me fumare el último resto de un lucky strike, mientras se van ennegreciendo las letras de la marca, al calor de las cenizas ardientes. Me detendré un segundo en una esquina y mientras el semáforo cambie de color, le acercaré mi mano a algún perro y amistosamente la acariciare su pelaje.

Hotel Europa



Apreté mi rostro a la ventana del bus en un sutil intento por ver de más de cerca el tren azul del metro que pasaba por debajo de la calle. El bus estaba esperando la luz verde en la esquina de la avenida, mientras el sol me golpeaba en la cara con violencia en aquella tarde del verano del 97. Le preguntaba otra vez, incrédulo, a mi padre la hora, y él me repetía que eran las 8 de la tarde. Estaba absolutamente maravillado con ese fenómeno del horario, absolutamente extraño para mi, y con el imponente skyline que contrastaba con la autopista que pasaba por debajo de los muchos puentes que se veían a los lejos.

Trataba de abrir mis ojos lo más que podía, capturar en mi mente infantil, cada una de las imágenes que me rodeaban por todas partes, tratar de observar, a través de mi lentes, la luz que iluminaba ese gigante murallón de piedra que se tornaba morado con el atardecer, y que parecía ser la mamá de los pequeños edificios que se extendían a sus pies. Al medio de todos esos edificios me llamó la atención una delgada torre que se alzaba orgullosa por entre todos, con su antena delgada, y al medio de su esbelta figura, cual platillo volador, una cabina gigante. En ese momento envidié a la persona que pudiera subir hasta allá arriba.

- Esa es la torre entel – me dijo mi padre, señalándola

El bus se estacionó en uno de los últimos andenes del terminal. Miraba como mi padre bajaba a buscar las maletas, mientras mi madre estiraba las piernas tras el largo viaje de veintisiete horas desde Arica. Seguí por un rato este espectáculo, y mientras ellos se repartían los grandes bultos, a la salida del terminal un señor nos esperaba con la puerta abierta de un auto muy pintoresco, negro con el techo amarillo. Después de un corto viaje por algunas cuadras, llegamos a un pequeño hotel de paredes vino tinto, y mi viejo pagó al recepcionista, con un extraño billete color azul, con la imagen de un calvo que no sabía quién era, que alcancé a sostener unos segundos en mis manos hasta que mi viejo, me lo pidió para pagar.

Esta era la primera imagen de esta ciudad. La capital de aquel lejano país largo y extraño del que se enorgullecía mi padre, y del que solo conocía por la bandera que tenia colgada en el living de la casa del barrio inglés, unos cuadros con pueblos costeros con muchos botecitos de madera y de fondo un volcán nevado, las canciones que tocaba mi viejo, junto a su amigo Hernán, que hablaban de dar gracias a la vida, y de cigarritos, y sobre todo de aquella canción nacional que partía con esa frase puro chile es tu cielo azulado. Miré otra vez el cielo de la tarde, y creo que mi padre decía la verdad.

Hoy bajo este mismo cielo azulado, esta tarde de otoño del 10, caminando calle abajo por Amunategui, mirando los edificios, muchos iguales, otros distintos, me detengo por un segundo en un edificio rojo, añoso y golpeado por los años que me devolvió al pasado en solo segundos. Era el viejo Hotel Europa. No pensé que fuese a volverme a encontrar este lugar otra vez, donde pase mi primera noche en esta ciudad de cielos claros donde he vivido más de la mitad de mi vida. Me quede paralizado con el cigarrillo en la mano, con cara de turista, de asombro, de incredulidad, como esa misma cara que debí haber tenido aquel 25 de enero, hace ya 13 años. Creo que volver a este lugar me hace sentir un niño nuevamente, como cuando estoy contigo.

Fue redescubrir esa visión de la ciudad, cuando no sabes donde estas parado, ni como se llaman las calles, y todo te parece tan maravilloso y espectacular. Fue un momento para agradecerle a esta ciudad los días buenos y malos que he tenido que vivir bajo sus cielos. Descubrir la amistad, el dolor, el sufrimiento de perder a un padre, las ilusiones de ser alguien en la vida, los primeros amores, y desamores, y sólo hace poco tiempo, la felicidad. Darle gracias a esta ciudad por cobijarnos bajo sus cielos a ti, y a mí, y a encontrarnos por sus calles en algún momento de su rápida carrera de millones de personas moviéndose a su ritmo. De hacer encontrar nuestros ritmos entre los latidos de millones de personas.

Del hotel Europa de aquella noche en que imaginaba como sería mi familia, y si podría hacer amiguitos en esta ciudad, hasta estar hoy parado frente al hotel Europa y saber que todo lo que imaginé que viviría no se acercaba a lo que he vivido bajo los cielos de Santiago.

Escapar (Notas sobre el dia de la raza)



Estoy seguro. América no fue descubierta por Colón precisamente por un ánimo de conseguir especias del lejano oriente, por darle tierras a las sagrada corona de los reyes católicos, ni por evangelizar las tribus salvajes del lejano Cipango. No. Simplemente él quería alejarse por un tiempo de la realidad. Escapar, huir de su mundo y rutina, y lo más lejos posible y si fuese necesario encontrarse un mundo nuevo para él, lo haría. Quería estar entre extraños que no lo reconocieran ni entendieran una sola palabra de zeneize, o italiano, o portugués o catalán o castellano o cualquier otra lengua de cristiana o infiel.

Creo que es esta misma fuerza la que me mueve hoy, pero yo no tengo carabelas, ni capitulaciones de Santa Fe, ni un mundo nuevo por descubrir más allá de la mar océana, pero siento la misma necesidad de escapar por un tiempo. Huir de todo y fabricarme un mundo aparte aunque sea por solo unos días, unas horas, o unos minutos. Lo he meditado muy bien esta mañana y decidí levantarme de la cama y tomar un transporte a cualquier parte. Salir de la rutina de este Santiago asfixiante que huele a recuerdos en cada esquina y que marea con los vapores de amores que no fueron y palabras que sí.
Pero cómo podría huir de esta urbe, me pregunto. Avión, tomar un avión lo más lejos posible es la forma más radical y completa de huir. Es hacer al igual que Colón el ejercicio de perderse en lugares donde las palabras de la gente no signifiquen nada más que murmullos inexplicables, tal vez alegres, tal vez tristes. Poder ver desde las ventanillas los problemas como si fueran hormiguitas insignificantes casi invisibles, casi imaginarias, huir tan lejos que casi no escuche la voz de mis recuerdos. Pero mire mis bolsillos y no me alcanzaba para poder llegar como un loco al aeropuerto y decirle a la señorita que atiende el mesón, “por favor un boleto para el próximo avión”, y que me mire extrañada y me pregunte si llevo equipaje. Pero no, mis bolsillos me devolvieron a la realidad por un segundo. Pensé en tomar un bus a la playa. El mar y su armónico sonido me relajan de las tensiones, me hacen entrar en trance. Es el único lugar donde alcanzo el horizonte, donde se que más allá del mar no hay nada, es el final de todos los caminos. Pero ese mismo mar me trae al igual que la ciudad recuerdos que no encajan y con lo que no se puede vivir. No tenía salida. Seguiré preso de la ciudad y de sus aburridos habitantes, todos mostrando la misma cara, ese estado apático de androide, esa cara social de inconformidad. Resignado a levantarme de mi cama sin mayor esperanza para otra jornada más, recordé al viejo tren. No es caro, tiene ese “que se yo” romántico de otras épocas, y además era el medio justo preciso para mi escape. Nadie me vería huyendo, sería uno más, un pasajero con destino incierto con cara de aburrido de dirigirse a hacer el rutinario viaje de todos los días, o todas las semanas. Pero en mi interior iré sonriendo. Sonriendo de saber que este que va en el tren no soy yo. ¿Yo? Yo me dejé en casa.



PD: Porque no puedo escribir “a-e-r-o-p-u-e-r-t-o” sin que me tire error la revisión de ortografía, y siempre escribo “a-e-r-e-o-p-u-e-r-t-o”



PD2: ¿Porque nadie puede sonreír solo? ¿Qué hay de malo en eso?

La visión más optimista de todas

- ¿Y?, ¿No sientes celos que ella vaya a visitar a ese amigo?-

- Para nada, ¿Por qué debería sentir celos? Yo estoy seguro de lo que ella siente por mí, y no desconfío de lo que haga allá. Ella me ama, yo la amo, eso es de lo que estoy seguro, es más, mejor que vaya donde él, porque al final ella es mía, y él que va a ver y sufrir va a ser él, porque no la puede tener –

- ¿Pero no te has puesto en el escenario que ella te engañe con él?, ¿Qué harías? –

- Bueno, si ella me cambia por él, es simplemente porque ella asi lo quería. Así son las cosas, asi es la vida, y para que exista amor ambos tienen que sentir lo mismo. Simplemente estarán juntos y serán felices. Y hasta peor por él, porque ahora empezará a sentir celos, celos de mí, porque me convertiré en lo peor monstruo que puede tener alguien… El ex.

Eugenio Molina


(Este cuento es la segunda parte y ¿Final? del cuento Estación Yungay (Lecciones Sobre soledad)

El teléfono sonó. Eran las 12 y media de la noche, y me apure a contestar de mala gana, de repente una voz al otro lado del auricular me dice.
- Disculpe que lo llame a esta hora, pero lo llamo por una emergencia. Encontramos su número en las ropas de un señor que acaba de tener un accidente, ¿Usted conoce a Eugenio Molina? –
Me demore un rato en volver a hablar, estaba realmente sorprendido.

- ¿Aló?, ¿me escucha señor? –
- Si, si, lo escucho – respondí lentamente
- ¿Lo conoce? –
- Si, lo conozco –
-¿Es usted familiar? –
- No, soy un… amigo de él –
- Lamento decirle que el señor Molina falleció –
Quede en silencio, y una lagrima comenzó a correr por mi mejilla.
- Usted es la única persona que lo conoce que hemos podido contactar, ¿Conoce usted a algún familiar de él? –
- No – demoré en responder, con la voz un poco quebrada – No, conozco a ningún familiar suyo –
- Eh, entonces déjeme decirle, que puede recoger sus restos en el servicio médico legal, mañana después de las nueve de la mañana –
- Ok – respondí
- Le repito, mi más sentido pésame –

Créanme. Realmente créanme cuando les digo que esa noche lloré a Eugenio como a un padre. Solo habían pasado tres semanas desde que lo había conocido, pero no podía creer que hubiera muerto. Al otro día fui temprano al servicio médico legal, donde me dijeron que Eugenio Molina, había muerto atropellado y la persona que lo había atropellado se había dado a la fuga. Soy estudiante, y no tenía dinero para pagarle un funeral a don Eugenio Molina. Afortunadamente una amiga a la que le había comentado de mi extraña tragedia y la historia de Don Eugenio, me dijo que me daría una de las sepulturas que su familia estaba pagando. Mis padres por su parte no entendían que yo sintiera pena por la muerte de una persona que apenas había conocido, “un pordiosero de la calle”, incluso llego a decir mi viejo, lo que me pareció lo más falto de respeto que podía alguien decir. Junto con el cuerpo, me entregaron las pertenencias con las que lo encontraron. Un lápiz (el que le había obsequiado), y un diario de vida, unas pocas vestiduras ensangrentadas y sucias, su cedula de Identidad y un billete de dos mil pesos. Me pareció increíble que en la situación de calle en la que él vivía se hubiese realmente guardado el billete para comprarle algo a Amelia.

Al funeral solo asistimos, yo, mi amiga junto a sus padres y su hermano, y un párroco amigo de su familia. Fue una ceremonia sencilla, y en la lapida mande a inscribir la inscripción “Eugenio Molina 1931 – 2009. Apóstol de los solitarios y los que esperamos algo en la vida”. No abrí el diario hasta después del sepelio y allí encontré intactos las dos fotos y el telegrama, únicos testimonios de la existencia de Amelia. Pero en la página donde estaban guardadas las fotos, antes vacía, Eugenio había escrito algo con el lápiz que yo le había regalado:

“14 de Febrero de 1956. Ya quedan solo horas para llegues mi amor, y la espera ha sido muy larga. Hoy hable con un joven muy agradable que nos invito a su casa, cuando vuelvas, para que lo conozcas, yo sé que él te va a agradar también. Este lugar ya no es el mismo que cuando te fuiste, es mucho más silencioso, pero nada importa porque sé que estarás de nuevo junto a mí. He pernoctado en este lugar, y un señor que se encargaba de cuidar la estación me ha permitido quedarme acá. Desde que se derrumbo el andén de la estación por un incendio esto ya no es lo mismo mi amor, pero a veces las cosas se me olvidan un poco, y no recuerdo bien muchos detalles para contarte, pero sé que cuando vuelvas los recordare y te los contaré y nos reiremos juntos. Ha pasado harto tiempo pero todos los días me levanto sabiendo que volverás y eso es lo que me motiva día a día. Me compré un traje nuevo, y te compré un anillo que tengo guardado en la casita de acá de la estación que es bien cómoda y donde podremos vivir los dos juntos. Cada día que pasa te extraño más mi amor, y solo quiero que vuelvas para sentirte mía de nuevo, y darte mil besos y abrazos, mi reina coronada de cabellos azabaches. Siempre tuyo Eugenio”.
Fui de nuevo a la casita abandonada por Eugenio sobre la estación a buscar alguna pista que me explicara la razón de su locura. Entre al maloliente lugar lleno con papeles tirados en el suelo, y una que otra hez. En ese horrendo lugar, moví algunas pocas cosas, pero fuera de algunas frazadas dañadas por la humedad, no había nada. Pero justo debajo de una de las frazadas y junto a unas bolsas con restos de migas de pan, encontré una piedra muy grande que no iba con el suelo de tierra de alrededor. Levanté la pierda del suelo, y encontré a salvo de la humedad un cofrecito y una bolsa negra. Con varios papeles. En el cofrecito tenía una inscripción de una joyería borrada por los años, y adentro había un reluciente anillo que contrastaba con el entorno en el que estaba. Volví a cerrar el cofre y lo deje a lado mío, y abrí la bolsa. Adentró había unos papeles de cuaderno, escritos con una lapicera en forma de versos. Les eche una ojeada rápida, porque me llamaba más fuertemente la atención un diario que había al fondo de la bolsa. Extendí el diario y en la portada decía:

“TERRIBLE ACCIDENTE FERROVIARIO EN CERRILLOS. AL MENOS 23 MUERTOS Y 198 HERIDOS”. Seguí leyendo debajo de la foto que mostraba un montón de fierros destrozados en medio de un montón de personas, y bomberos. “El accidente ocurrió a las 4 de la mañana de hoy cuando un convoy con dirección a Cartagena chocó con un tren con dirección a Santiago”. Miré la fecha del periódico: “14 de Febrero de 1956”. Agitado, torpemente abrí las hojas del diario que se empezó a deshacer en mis manos, producto de la vejez, y unas páginas más adelante, encontré en un recuadro “la lista de las víctimas”. Baje con el dedo, y revise nerviosamente cada uno de los nombres, hasta que me detuve en uno: Amelia Martínez, 22 años aproximadamente. Ahora lo comprendía todo. Pobre Eugenio.