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Obsesión

La vi por primera vez, una noche heladísima de invierno. Eran como las 11 de la noche y el cielo de la tarde de aquella tarde era tan amenazante que había tenido dudas de salir a buscar una cámara que se me había quedado donde un amigo. Pero algo me motivo a salir y sin querer me había quedado hasta esas altísimas horas de la noche en su casa. La calle estaba oscura y solo iluminada por un farol de luz amarillenta que agigantaba la sombra de las cosas que se atrevían a cruzarse en el camino de su resplandor. Ella estaba sentada en el paradero. Llevaba un abrigo rojo, y unos pantalones grises, mientras miraba hacia el fondo de la avenida en espera de su bus. Mientras llegaba, asustada, dio vuelta su rostro hacia mí, pero al notar que yo no era una amenaza para ella, volvió a concentrarse en la espera de la micro. Yo tampoco reparé mucho en ella. Era tarde para llegar a casa, y no había avisado a mis padres que iba a salir. Me acerque junto a ella, y creo que distraído también en que llegará una micro, me puse a pensar en mil estupideces que ya no recuerdo. Solo sé, que no más de tres minutos después paso la micro que yo esperaba, y sin inmutarme siquiera, tome la micro que estaba casi vacía, y en la que el chofer masculló unas palabras que no entendí.
La segunda vez que la vi, llevaba un pollerón verde y jeans. Apenas la vi, me acorde de haberla visto la noche de la micro vacía, y simplemente sonreí, aunque ella no se dio cuenta. Eran las 4 de la tarde, de un extrañamente soleado día de invierno, por lo que ahora se notaba mucho más relajada y absorta en un libro. Aquella otra noche no había podido verle bien el rostro, y algo me motivo a tratar de observarla. Yo miraba hacia el fondo de la calle como esperando la micro, y a ratos daba vuelta la mirada hacia ella, como haciéndome el que quería leer el letrero publicitario del paradero (y que me di cuenta que no estaba la otra vez). Nunca pude verle el rostro, porque algo tenía aquel libro que la tenía completamente pegada, que no se dio cuenta que paso una micro, que tal vez, pensé, podría servirle. Otra vez, no paso mucho rato para que pasara mi micro, y otra vez la tome sin darle mayor importancia.
La tercera vez que la vi, fue como una revelación para mí. Ella hablaba por celular, y reía con algo que le decían. Y la vi en todo su esplendor. Sus ojos, el color de su piel, el brillo de su pelo y hasta la textura de sus labios, todo tomo forma para mí. Era como si alguna vez la hubiese soñado en alguna parte, no sé donde ni cuando, pero era algo increíble. Y como siempre pasa en todas las cosas de la vida, cuando quieres que algo dure mucho, justo esta vez, para mi mala suerte, paso su micro primero por lo que su imagen perfecta, fue solo una fugaz probada de algo maravilloso. Ella sin dejar de hablar por su celular, se agarró de la manilla de la puerta de la micro, y me dejo con unas ganas de verla que me tuvieron pensando el resto de aquella nublada tarde.
La cuarta vez, y había pasado bastante tiempo de la última, por lo que verla en aquel paradero fue una completa sorpresa, yo venía caminando completamente despreocupado y ya casi ni me acordaba de ella, pero al verla, me detuve inmediatamente, y no sé por qué, casi por instinto me detuve estúpidamente, y acomode mi pelo con mi mano izquierda. Me acerque lentamente al paradero y me senté junto a ella. Tome mi celular en la mano, y no sé porque empecé a jugar con él, a dar vuelta por los menús sin ningún sentido. Esta vez ella no estaba haciendo nada, solamente escuchando música, pero yo me paraba y me sentaba de la silla como un torpe intento de llamar su atención, pero su perfecta mirada iba hacia cualquier dirección menos hacia mí. Esta vez la primera micro que pasó fue la mía, y hasta dude en tomar la micro, pero consideré muy estúpido no hacerlo, y paré la micro a último momento, por lo que esta fue a parar unos metros más allá. Yo corrí torpemente hacia la micro, y ella me miró al fin, pero tal vez por mi torpe corrida, y aborde la micro mientras el chofer me miraba con cara de pocos amigos, mientras partía violentamente el bus.
La quinta vez, fue sólo unos pocos días despúes, y yo a esta altura no aguantaba las ganas de no sé, pedirle la hora, pedirle fuego, ¿Qué se yo?. Necesitaba hablarle. Era demasiado extraño que ella estuviera en mis pensamientos de esa manera. Nunca me había pasado algo así y me sentía realmente confundido. Era un día precioso, y ella estaba a tono con el día. Había cambiado de peinado, pero yo la reconocí inmediatamente, ella ya estaba tatuada completamente en mi mente. Estuve ahí, así, por unos minutos, divagando, pensando cual era la mejor excusa para decirle no se cualquier cosa, por último hablarle del clima, o de cómo solía ser el clima, decirle no sé, “¡Que raras las formas que toman las nubes en el cielo!”, o incluso el recurso de los viejos de “¡Que lento es el transantiago!” o alguna tontera por el estilo, pero no me atreví, y vi con total impotencia como pasaba la micro que se llevaba la dueña de mis pensamientos.
Ya a esta altura visitaba demasiado seguido a mi amigo, sospechosamente seguido, creo que hasta él me había entrado a preguntar, por qué iba tanto a su casa. No tenía una razón. Era bastante estúpida mi razón. Y allí la vi otra vez en el mismo paradero. Pero esta vez, no la vi ni sonriendo, ni ausente como otras veces. Se pasaba un pañuelo desechable por sus mejillas, y yo lentamente la mire y me di cuenta que tenía los ojos rojos de llorar. Era mi oportunidad de por lo menos decirle algo, preguntarle que le pasaba, pero mi celular sonó y mi amigo me llamó para decirme que había dejado el pase escolar en su casa y tenía que volver a buscarlo. Apague el celular, y corrí con todas mis fuerzas las cuatro cuadras que me separaban de su casa, y volví lo más rápido que pude (creo que Husayn Bolt, hubiera sido una tortuga al lado mío), pero grande fue mi sorpresa cuando volví y vi el paradero completamente vació. Me senté en él y me di cuenta que mi mala suerte era gigantesca.
La persona que había inventado la frase “La tercera es la vencida”, se había quedado corto conmigo, pero yo tenía fe que la séptima fuera la vencida. Esta vez la vi parada, impávida mirando tranquilamente en espera de la micro. Era la primera vez que no estábamos los dos solos en el paradero, porque había también un viejo sentado. Creo que fue por él que esta vez no me atreví a decirle nada – siempre saco alguna excusa – pensé, y me quede ahí parado, resignado a que esta vez tampoco iba a ser, pero de repente para una micro y el viejo junto a ella se acercan a la puerta que se abre lentamente. Algún impulso (el más estúpido de todos), me movió a tomar la micro y irme con ella. Me senté tres asientos atrás de ella y al pasar junto a ella en el pasillo, ni se inmuto un segundo a mirarme. La tarde se iba yendo, y las nubes se iban alejando y flotaban perezosas sobre la cordillera de los andes, mientras la micro avanzaba en esa común violenta y constante guerra entre aceleradas y frenadas. Habrán pasado unos veinte minutos, hasta que ella hizo el ademán de levantarse y bajarse. Yo rápidamente me levante de mi asiento y me baje del bus antes de que el chofer cerrará la puerta de atrás en mi espalda, y me detuve para no parecer tan evidente. Busque en el bolsillo un cigarrillo, pero no encontré, y la vi alejarse unos metros por la calle. Ella marco un número en su celular y hablo solo una decena de segundos por él. Luego lo guardo en su bolso, y siguió su paso hasta la esquina. Yo sólo unos metros atrás, más nervioso que nunca llegue a la esquina, desde donde la vi cruzar la calle y entrar a un pub de paredes rojas y grandes ventanas, y que recordé que había entrado en él alguna vez. En la misma esquina donde estaba parado había un almacén y entre en él para comprar una cajetilla. No me habré demorado más de 30 segundos por lo que me quede un rato, sentado en la vereda mientras me fumaba lentamente un cigarrillo. Al final decidí ponerle fin a todas estas estúpidas conjeturas, y así como los amantes de los libros viejos que había leído en el colegio, agarré toda la decisión y me dirigí hacía el pub con toda la intención de hablar con ella aunque sea de saber cómo se llamaba para darle un nombre a la razón de mis desvelos. Estaba seguro que tenía novio, o no sé, algo así pero por último tenía que humanizarla para sacarla de mi cabeza. Entre en el pub, y me dirigí a la caja, para pedir una cerveza. Miré a mí alrededor buscándola, y la vi allí sentada en una mesa con dos mujeres más. – Esta es mi opción – pensé, y me senté en una mesa a fumar algo y a tomar esa cerveza que me daría las agallas suficientes para ir a enfrentar mi destino. Alcance a escuchar unos tres o cuatro temas que pusieron en el wurlitzer, y al final cuando termine de tomar la cerveza (que demore más de lo habitual), me levante completamente decidido, hacía la mesa de ella y sus amigas. Pero grande fue mi mala suerte, y realmente grande lo fue, cuando por el pasillo, justo al lado de la salida de la puerta del baño, sale un joven, de más o menos mi misma edad, pero bastante más grande y fuerte que yo, que sale violentamente del baño y se tropieza conmigo. Se apoyó en la pared, y con su cara colorada, y su halito alcoholizado, me miró de arriba abajo, con la mirada un poco desviada, y me pegó un violento empujón. No quise seguirle el juego, y traté de pasar, pero me detuvo con su brazo y me dijo – ¿Que volá compare?, ¿Querí problemas, huevón? –
- No, tranquilo, Disculpa, no quiero problemas –
- Querí problemas huevón – Aseguró
- No, tranquilo, en serio, solo necesito pasar… –
Pero no me dejo terminar de decir la frase, y me llego un combo fuertísimo en la boca. Nunca me ha gustado pelear pero creo que se había pasado de la raya, y le devolví el golpe con una rabia, que lo llego a tumbar.
- Cristian, ¿Qué te pasó? – dijo uno de los mozos del pub, acercándose al borracho.
- No, hermano es que… - Y siguió descargándose el borracho haciéndose la inocente víctima, en una descoordinada verborrea de insultos y frases sin sentido que yo no entendía, pero que de todos modos, la cosa al final es que…
Me sacaron a patadas del local.
Obviamente, no pude volver a entrar, y no pude saber nada sobre ella, ni como se llamaba ni nada, y para la peor de mis suertes desde ese día por más que seguí viendo a mi amigo, y seguí yendo al mismo paradero nunca más la vi. Por lo menos aprendí una lección: Nunca me vuelvo a obsesionar con nadie.

Sábado Gigante


Las luces entraban por las ventanas de la micro mientras avanzaba rauda por la avenida. Hacia unos diez minutos la había tomado, y me había sentado en este asiento casi al fondo junto a la ventana. Aburrido de las mismas canciones en mi mp3 quise poner la radio. Sonaba Knives Out de Radiohead, y decidí dejarla. Miré la hora en el celular, pero a los pocos segundos caí en la cuenta de que no me había fijado en que hora era – Siempre me pasa eso – pensé, y la vi de nuevo. Once y cuarenta y tres minutos de este sábado de mierda y el frio se colaba por una ventana que alguien había abierto seguramente en la cálida tarde que había hecho hoy. Me levante y avance por el pasillo para cerrarla, pero no pude. Avergonzado regresé a mi asiento y tímidamente mire a mi alrededor, y al parecer ningún pasajero se dio cuenta de mi intento de “hacerme el héroe”. Justo termino la canción, y comenzó a sonar un tema de Oasis, esa que dice algo así como “coz maybe…” que aunque no me gustaba, la dejé porque me traía recuerdos de cuando era más pequeño. Seguían avanzando las calles, y en mi interior comencé a pensar en lo gigante que es esta ciudad, y lo lejos que queda todo. En un momento miré hacia atrás y el único pasajero que quedaba detrás de mí se bajo. Estúpidamente pensé que mi asiento era como una especie de “torre de control”, donde lo podía dominar todo, y sonreí. Entonces comencé a mirar a los pocos pasajeros que quedaban. A mi izquierda en la otra ventana había un loco como de mi misma edad, que miraba hacia afuera. Tenía un polerón blanco con una gran marca al centro, unos jeans azules y zapatillas de basquetbol, y me llamo la atención que usaba el pelo corto, muy corto, su pelo natural de color oscuro, pero con unas pintas rubias como las manchas de un guepardo. Cabeceaba mientras escuchaba música de su celular, y justo en ese momento, paso una mina por afuera de la micro y la siguió con la mirada descaradamente hasta donde llegaba su cuello, y luego como empujado por un resorte regresó la mirada, hacía mí. Yo esquive su mirada haciéndome el gil, y mirando a la mina que estaba sentada dos puestos delante de él. Ella estaba ahí desde antes de que yo me subiera y no le había visto la cara, aunque como decía un amigo mío “tenía buena espalda”. Más adelante en los puestos que van de espalda al chofer, habían dos ancianos sentados que aunque estaban tomados de la mano, no conversaban. Me pareció extraño el caballero, porque hacía tiempo que no veía a uno usar sombrero, e incluso le encontré un parecido muy grande al tío Lalo Parra. La señora al lado, miraba hacia afuera con la mirada perdida, y se notaba que por momentos trataba de girar su cuerpo hacía el señor para decirle algo, pero no se le ocurría nada y chocaba con la inflexible cara de estatua de él, y volvía a perderse en la infinidad de las fachadas de las casas. Al otro lado del pasillo y en la ventana que daba a mi lado, una señora amasaba una bolsa entre sus manos tratando de esconderlas del frio. Por momentos se hacía la dormida y luego mágicamente segundos después despertaba súbitamente y nos echaba una rápida mirada a todos los pasajeros, para volver a hacerse la dormida. Ahora en la radio sonaba Luces no bélicas de Lucybell, mientras el bus paraba en un rojo. Una señora corrió hacía el bus, complicada con unas bolsas, mientras un poco más atrás una joven arrastraba a duras penas una caja. La mujer golpeo el vidrio de la puerta delantera, y el chofer, que esperaba el verde con el brazo apoyado en el manubrio, estiró el brazo izquierdo con toda la paja del mundo para pulsar el botón para abrir la puerta. La mujer se subió apenas y dejo las bolsas en el suelo, mientras buscaba ansiosa la tarjeta dentro de su cartera. La joven le pidió a la señora que le dijera al chofer que le abriera la puerta del medio para meter la gran caja. En eso la viejita, le pega un codazo al viejo para que se parara a ayudar a la joven a subir la caja, pero solamente se movió como si estuviera volviendo de un trance repentino, y sin mirar a la abuelita, dejo caer la mano en el aire, para luego cruzar los brazos frente a su pecho. Y fue entonces que la ví. Era igual a Julieta, y eso me dolió – Porque cresta todas las minas me recuerdan a ella – pensé, y mientras reaccionaba quise hacerme el galán, y pararme a ayudarla. Me acerque, y su olor me pareció agradable. Sentía que su perfume se lo había sentido a alguien alguna vez antes, y mientras levantaba la caja, miré para cualquier parte, pero no sé porque no la quise mirar a la cara. Después de dejarla caer, hice como que me limpiaba las manos. Me dio las gracias, y yo solo atine a sonreír tímidamente. Levanté mi mirada y la cara del loco de atrás parecía desnudar con la mirada a la mina que recién había subido. La miraba con una cara de deseo terrible. Yo me devolví rápido a mi asiento, y me di cuenta que un audífono se me había caído de la oreja. Me lo puse de nuevo, pero mejor decidí quitármelo para escuchar a las dos mujeres. La señora le preguntó a la hija porque el validador le tiraba saldo negativo, y la hija le explico que a esta hora funcionaba ese sistema. La mujer la miró con cara extrañada, como de no haber entendido la explicación de la hija, y levanto los hombros mientras guardaba la tarjeta de nuevo en su cartera. Las dos mujeres se sentaron en los asientos que daban a la puerta del medio, y dejaron las bolsas sobre la caja, no sin antes pegarle una mirada desconfiada al loco que iba atrás, que ahora movía la boca al ritmo de una canción de Arcángel. Después de unos segundos la mujer y la joven dejaron de hablar y empezaron a actuar como si no se conocieran. En eso una de las bolsas se cayó al suelo, y la joven se levanto rápidamente a levantarla y se quedó parada junto a la caja apoyada en la ventana de la micro. La miré. Era realmente hermosa y comencé con el típico jueguito de mirarla unos segundos, y apenas ella volteaba a mirar hacia mí, yo miraba hacia afuera. Paso un rato es que estuve en eso (y estoy seguro que ella también), cuando de repente comenzó un rato a mirar al anciano. – ¿Que cresta?, ¿le parece más atractivo el veterano? – me dije mientras sonreía, pero de repente, la joven se dirigió a su madre y yo decidí sacarme el otro audífono.
- Vieja ¿veí al señor que esta ahí adelante? -
- Si, ¿Por? –
- ¿No creí que se parece mucho al tío Agustín? –
- Oye Cami, tení razón -
- Pero fíjate mamá, es demasiado parecido, ¿No será, familiar? –
- Oye, pero anda y pregúntale si lo conoce –
- ¿Cómo, mamá?, sale, ¡no!, ¿Cómo le voy a preguntar eso? –
- Ah, pero si es solo una pregunta miijita –
- ¡Anda tu poh! –
La señora se quedo cayada un segundo, mirando al señor.
- ¿Y si no es? –
- Sí, mejor no preguntemos -
Algo dentro de mí me dijo, que tenía que hacer esa pregunta. No era mi problema. Incluso, sabía que no era capaz de pararme y preguntarle al viejo, si conocía al tal tío Agustín. Siempre he sido cobarde y tímido, no entiendo entonces porque en ese momento, me dio por hacer algo así, pero como que algo me empujo a hacerlo. Me levante de mi asiento y mientras ellas seguían hablando, me les acerque y les pregunté
- ¿Agustín qué?
Ninguna se dio por enterada que les había dicho algo.
- Eh, disculpe, perdonen que me meta, Eh, ¿Cómo se llama su familiar?, ¿Agustín cuánto? – repetí tímidamente
- ¿Qué me dijo, joven? – Me respondió la señora
- Eh, bueno, es que quería preguntarles como se llama el señor, el que mencionaron, Agustín, ¿Cuál es su apellido? – dije pensando, que si ya me había parado a meter la pata, la tenía que meter entera
- Varas – Me respondió la señora secamente
- No, mamá – dijo la joven riendo – no el tuyo, el del tío Agustín –
- Ah, ¿Y para que lo quiere saber? – Me pregunto la señora
- Eh, bueno…, para preguntarle al caballero de adelante –
- ¡Chuta, el cabro copuchento! – dijo mirándome enojada – Agustín Urrutia. Agustín Urrutia Gamboa, se llama mi tio –
Al parecer la señora se había sentido por el hecho que al final llegará alguien que se atreviera a preguntarle al viejo, aun cuando eso era lo que ella quería. De todos modos no es normal que en un lugar como una micro se acerque alguien a averiguarle la vida a uno, e incluso yo me indignaría si pasara. Entonces me dirigí hacía el abuelo, y le pregunté
- Disculpe, ¿Usted conoce a Agustín Urrutia Gamboa? –
- ¿Agustín Urrutia Gamboa? – me miro mientras se le iluminaba la cara - ¿De Quirihue?
- Eh, déjeme ver, ¡Señora! – le grité a la mujer - ¿Su tío es de Quirihue?
- No sé exactamente. Siempre habla de un pueblo de Chillán hacía la costa –
- Sí, si – dijo el abuelo mientras le empezaba a sonreír ansioso – Qurihue queda de Chillán hacia la costa –
- Si, aunque mi tío vive en Santiago hace mas de 40 años –
De repente el viejo, perdió la mirada en el suelo, y su rostro se volvió de repente triste, y moviendo la cabeza rápidamente hacia los lados negativamente, nos miro seriamente y dijo
- No, pero no puede ser el mismo. Yo tenía un hermano que se llamaba Agustín Urrutia Gamboa, pero él se fue de Chile en 1955, y como tres años después nos llego una carta del extranjero de que él había muerto. Mi vieja se murió al saberlo, la pobre señora. –
- Ah, entonces no debe ser el mismo – dijo secamente sin sentimientos las señora, y se voltio a mirar por la ventana. A mi me dio rabia de su actitud, pero decidí callármela
- Pero mamá, ¿No nos dijo una vez el tío Agustín que él había vivido en Uruguay? –
- ¡Uruguay poh viejo! – intervino la viejita – ¿No, me dijiste una vez que tu hermano había muerto en Uruguay?
El Abuelo no respondió. Entonces se me ocurrió volver a meter la cuchara (otra vez) –
- ¿Cómo te llamas? – le pregunte con dobles intenciones a la joven –
- Camila –
- Eh, Camila, ¿Tú no tendrás por casualidad el número del tu tio? –
- No, no lo tengo…, Ah pero espera, tengo una foto en el celular, que sacamos la otra vez –
Camila saco su celular, y le mostró la foto a los viejitos. El viejo no la quiso ver. La viejita, saco unos lentes de su bolso, y se los puso, y vio la foto
- Viejo, se parece mucho a la foto que me mostraste, es igual -
El viejo seguía sin querer ver
- Y si está vivo, entonces porque mierda nunca nos vino a ver el muy desgraciado – gritó el viejo
Todos lo miramos sorprendidos, hasta el flaite del fondo.
- ¿Y la carta?. La carta venía firmada por una tal Nora. Una supuesta esposa del Agustín. No puede ser, todo lo que lo lloramos, mi vieja, todos, no puede ser –
A esa altura el viejo estaba rojo. Todos lo miramos perplejos. La Mamá de Camila saco entonces su celular

- Camila, ahí está el número de la tía Nora. Llámala de tu celular, que el mío no tiene plata –
- Usen el mío – dije caballerosamente

Camila marcó el número. Todos esperábamos expectantes. Hasta el flaite se acerco unos asientos a nosotros. Y la mina de la buena espalda, que en ese momento me di cuenta que también tenía “buen frente”. Y hasta la señora de la bolsa en las manos se nos acerco, todos tratábamos de escuchar.

- ¿Aló?, ¿Tía Nora?.... Sí, soy la Cami…., bien, bien…., si, iremos uno de estos días….., sí, sí, me acorde el otro día…., si, tía, claro…., eh, tía, ¿está el tío Agustín?..
Sí, me lo puede pasar por favor…, gracias tía…., a usted también. –

El segundo se hizo eterno

- Aló Tío Agustín, mire quiero preguntarle algo –
- Camila apretó el celular contra su mano, mientras le preguntaba al señor
- Disculpe, ¿me puede decir su nombre? –

El Anciano no atinó a responder, pero su mujer lo hizo por él:
- Juan Carlos. Juan Carlos Urrutia Gamboa - afirmó
- Camila continuó

- Tío, ¿Usted conoce a Juan Carlos Urrutia Gamboa? –
Y ese segundo sí que fue eterno. Lejos el más largo de la historia. No me di cuenta el momento en que el chofer, detuvo el bus y se puso junto a nosotros, y el flaite apago el celular, y creo que hasta los pájaros se detuvieron un segundo, ¿qué se yo?. El silencio fue tan grande, y el momento tan largo, porque al parecer la voz al otro lado del teléfono no atinaba a responder. Me di cuenta que mi corazón latía mas rápido, y que hace rato había pasado de largo mi paradero, ¿qué importaba?, este era uno de esos momentos irrepetibles de la vida. Camila escuchó, y de repente una sonrisa se le fue dibujando en el rostro, y sin pensar si el viejo le iba a aceptar o no el teléfono, se lo pasó. El viejo hizo el ademán de no querer recibirlo pero igual lo tomo en su mano, y se acerco el auricular al oído.
- ¿Aló? – contestó Juan Carlos

Una lágrima comenzó a correr por sus ojos. Con una voz temblorosa dijo

- ¿Sabes cuantos años me arrepentí de nunca haberte dicho que te quería huevón?......, ¡Te quiero hermano!

No sé porqué se me vino a la mente Don Francisco, cuando hacía que la gente se reencontrara en su programa

Las Cinco


No quería ver una vez más al rostro que llena de un extraño sabor a sol, sumado al olor a humo de leña y que me evoca a tardes de verano en el campo. Pero ser prisionero de los recuerdos no es algo que me agrade demasiado. Años, siglos tal vez, siento que han recorrido cada poro de mi piel, cada uno de mis cabellos, y el temor me invade mientras el furioso sol del atardecer hiere con bríos, los ojos ya cansados, obligados de mirarlo. Y yo, ansioso concurrente a este espectáculo de nunca acabar, de esta agonía que se hace más lenta cada instante. Solo espero que caiga la noche, la noche en la que contemplaré las estrellas en un abierto resplandor que hace murmurar hasta al más mudo, y ver hasta al más ciego. Pero los milagros no existen, pienso y veo alrededor que todo este espectáculo de luces y sombras, es tan evidente para mí, pero esta tan camuflado de la vista de los demás. Y es que aunque no he visto a nadie en horas, se que no estoy solo. Y además sé que este espectáculo me perseguirá toda la tarde. Cuando las espinas de las flores comienzan a picar, el olor cambia repentinamente como sueños de niñez y sopa en el fogón. El olor a fiesta y a gallina, que recuerdan los orígenes pero también que no pertenezco más a esto. Si ojalá alguien más pudiera contemplar este infierno glorioso, este orgasmo de sufrimiento, se que todos seriamos más buenos con todos los demás y más consientes cuando tomamos decisiones que pueden dañar y herir a los que queremos. Los recuerdos se convierten en un desorden, en un limbo ancestral que trae alegría y tristezas y que trato sin éxito de atrapar entre mis brazos, pero que escapan como pescaditos de colores, de todos los colores, verdes los momentos felices, naranjas, las risas y los amigos, amarillos las esperanzas, azules los miedos, morados los de la inocencia, cafés los de la cordura, rojos las tristezas, rosados las desdichas, y dorados aquellos que no quisiera recordar. Pasan raudos nadando, volando, casi danzando por el estanque del tiempo, pero que no puedo atrapar. Suben al cielo en un cardumen, en un banco de peces, girando en torno a la luna, convirtiéndola en arrecifes de coral y tiñendo de turquesa las inmensidades del espacio. Sigo sin ver a nadie, sin hablar con nadie, pero una voz en mi cabeza, en mi confusa conciencia que nunca había estado aquí, pero que parece que conociera este lugar tanto como las calles donde crecí, me dice que espere, me convence que me quede aquí, que a la alborada, vendrá algo bueno. Y es que espero que haya algo bueno en esta noche de siete colores que es hermosa y terrible al mismo tiempo, pero que se va oscureciendo lentamente

Al fin a la hora en que el frio es más fuerte que la memoria y en la que siempre hacemos la estúpida pregunta de ¿Qué hacemos despiertos aun?, a esa hora, justo a esa hora cuando la oscuridad no me permite reconocer ni mis miedos, en el cielo de repente desaparecen las estrellas, para que la esfera celeste quede apuntando justo hacia el centro de nuestros corazones, en ese instante exacto, ni una milésima de más, ni una menos, sonidos de mi mente se conjugan, se mezclan torpemente. De la nada, una luz se para en el horizonte frente a mí, los peces vienen nadando hacia mí, hablando, gritando, llorando, callando, en una avalancha de colores que se acerca a mí, y de repente me empieza a tragar en una danza de sonidos que me lleva, y entre tantas voces, logro reconocer una palabra, solo una: Ángela. Un nombre, si es un nombre, creo estar seguro que es un nombre. Me rompo a llorar.

Sigo parado en el mismo lugar en el que estoy desde la tarde anterior, pero siento que corro, que vuelo, por valles, montañas, ríos, mares, galaxias, en busca de la fuente de mi gozo, en busca de la primera boca de la primera boca que escuche ese nombre, una tarde de otoño, que me dijo "me llamo Ángela". La busco desesperado a millones de kilómetros, escarbando entre ciudades sin nombre y gente sin lengua, y no entiendo nada de lo que pasa. La confusión arrasa con todo, intento buscarla a ella, pero de la nada vuelvo hacia atrás, mientras los peces se entierran en la arena, vuelvo, como tirado por un resorte, sin mirar atrás, lo kilómetros y los años que he viajado para llegar acá. Siento el vértigo en mi cuerpo y vuelvo a este lugar donde empecé, estancado, trato de moverme pero no puedo, las voces se hacen más graves y el pánico comienza a dominarme, pero no puedo moverme, mientras el alba y su blanca luz, borran con todo a mi alrededor, parece que voy a estallar, y abro mis ojos, ya abiertos y logro reconocer una voz.

¡Ha despertado!, ¡Doctor, está volviendo!.

Miro a mí alrededor, varias personas me miran con la boca sonriente, pero los ojos asombrados, con un gesto desagradable que los hace verse como alienados. Agobiado, muevo el cuerpo y la cabeza, aturdido, hasta fijar mi mirada en un reloj a mi derecha. Son las cinco en punto, y la oscuridad de la madrugada entra por la ventana de la sala. Los doctores, me siguen mirando atónitos mientras, me doy cuenta que mi último recuerdo es de la tarde anterior, en el auto, con Ángela, discutiendo…

Al ver mi mirada perdida, mi rostro desencajado, y torturado por la ansiedad, uno de los doctores, se acerca un poco hacia mí y me dice:

- Lo siento mucho señor, pero su acompañante… –
- Hicimos todo lo que pudimos… -
- Realmente lo sentimos… -
- Llego con vida al hospital… -
- Alcanzamos a tratarla… -
- Hicimos el procedimiento adecuado para estos casos… -
- Realmente lo sentimos… -

Oía al hombre, pero no lo escuchaba, una lágrima corría lentamente por mi rostro. Fue entonces que recordé que mi madre una vez me dijo que los muertos visitan la tierra a las 5 de la mañana para hacerles saber a sus seres queridos que ellos están bien.