La segunda vez que la vi, llevaba un pollerón verde y jeans. Apenas la vi, me acorde de haberla visto la noche de la micro vacía, y simplemente sonreí, aunque ella no se dio cuenta. Eran las 4 de la tarde, de un extrañamente soleado día de invierno, por lo que ahora se notaba mucho más relajada y absorta en un libro. Aquella otra noche no había podido verle bien el rostro, y algo me motivo a tratar de observarla. Yo miraba hacia el fondo de la calle como esperando la micro, y a ratos daba vuelta la mirada hacia ella, como haciéndome el que quería leer el letrero publicitario del paradero (y que me di cuenta que no estaba la otra vez). Nunca pude verle el rostro, porque algo tenía aquel libro que la tenía completamente pegada, que no se dio cuenta que paso una micro, que tal vez, pensé, podría servirle. Otra vez, no paso mucho rato para que pasara mi micro, y otra vez la tome sin darle mayor importancia.
La tercera vez que la vi, fue como una revelación para mí. Ella hablaba por celular, y reía con algo que le decían. Y la vi en todo su esplendor. Sus ojos, el color de su piel, el brillo de su pelo y hasta la textura de sus labios, todo tomo forma para mí. Era como si alguna vez la hubiese soñado en alguna parte, no sé donde ni cuando, pero era algo increíble. Y como siempre pasa en todas las cosas de la vida, cuando quieres que algo dure mucho, justo esta vez, para mi mala suerte, paso su micro primero por lo que su imagen perfecta, fue solo una fugaz probada de algo maravilloso. Ella sin dejar de hablar por su celular, se agarró de la manilla de la puerta de la micro, y me dejo con unas ganas de verla que me tuvieron pensando el resto de aquella nublada tarde.
La cuarta vez, y había pasado bastante tiempo de la última, por lo que verla en aquel paradero fue una completa sorpresa, yo venía caminando completamente despreocupado y ya casi ni me acordaba de ella, pero al verla, me detuve inmediatamente, y no sé por qué, casi por instinto me detuve estúpidamente, y acomode mi pelo con mi mano izquierda. Me acerque lentamente al paradero y me senté junto a ella. Tome mi celular en la mano, y no sé porque empecé a jugar con él, a dar vuelta por los menús sin ningún sentido. Esta vez ella no estaba haciendo nada, solamente escuchando música, pero yo me paraba y me sentaba de la silla como un torpe intento de llamar su atención, pero su perfecta mirada iba hacia cualquier dirección menos hacia mí. Esta vez la primera micro que pasó fue la mía, y hasta dude en tomar la micro, pero consideré muy estúpido no hacerlo, y paré la micro a último momento, por lo que esta fue a parar unos metros más allá. Yo corrí torpemente hacia la micro, y ella me miró al fin, pero tal vez por mi torpe corrida, y aborde la micro mientras el chofer me miraba con cara de pocos amigos, mientras partía violentamente el bus.
La quinta vez, fue sólo unos pocos días despúes, y yo a esta altura no aguantaba las ganas de no sé, pedirle la hora, pedirle fuego, ¿Qué se yo?. Necesitaba hablarle. Era demasiado extraño que ella estuviera en mis pensamientos de esa manera. Nunca me había pasado algo así y me sentía realmente confundido. Era un día precioso, y ella estaba a tono con el día. Había cambiado de peinado, pero yo la reconocí inmediatamente, ella ya estaba tatuada completamente en mi mente. Estuve ahí, así, por unos minutos, divagando, pensando cual era la mejor excusa para decirle no se cualquier cosa, por último hablarle del clima, o de cómo solía ser el clima, decirle no sé, “¡Que raras las formas que toman las nubes en el cielo!”, o incluso el recurso de los viejos de “¡Que lento es el transantiago!” o alguna tontera por el estilo, pero no me atreví, y vi con total impotencia como pasaba la micro que se llevaba la dueña de mis pensamientos.
Ya a esta altura visitaba demasiado seguido a mi amigo, sospechosamente seguido, creo que hasta él me había entrado a preguntar, por qué iba tanto a su casa. No tenía una razón. Era bastante estúpida mi razón. Y allí la vi otra vez en el mismo paradero. Pero esta vez, no la vi ni sonriendo, ni ausente como otras veces. Se pasaba un pañuelo desechable por sus mejillas, y yo lentamente la mire y me di cuenta que tenía los ojos rojos de llorar. Era mi oportunidad de por lo menos decirle algo, preguntarle que le pasaba, pero mi celular sonó y mi amigo me llamó para decirme que había dejado el pase escolar en su casa y tenía que volver a buscarlo. Apague el celular, y corrí con todas mis fuerzas las cuatro cuadras que me separaban de su casa, y volví lo más rápido que pude (creo que Husayn Bolt, hubiera sido una tortuga al lado mío), pero grande fue mi sorpresa cuando volví y vi el paradero completamente vació. Me senté en él y me di cuenta que mi mala suerte era gigantesca.
La persona que había inventado la frase “La tercera es la vencida”, se había quedado corto conmigo, pero yo tenía fe que la séptima fuera la vencida. Esta vez la vi parada, impávida mirando tranquilamente en espera de la micro. Era la primera vez que no estábamos los dos solos en el paradero, porque había también un viejo sentado. Creo que fue por él que esta vez no me atreví a decirle nada – siempre saco alguna excusa – pensé, y me quede ahí parado, resignado a que esta vez tampoco iba a ser, pero de repente para una micro y el viejo junto a ella se acercan a la puerta que se abre lentamente. Algún impulso (el más estúpido de todos), me movió a tomar la micro y irme con ella. Me senté tres asientos atrás de ella y al pasar junto a ella en el pasillo, ni se inmuto un segundo a mirarme. La tarde se iba yendo, y las nubes se iban alejando y flotaban perezosas sobre la cordillera de los andes, mientras la micro avanzaba en esa común violenta y constante guerra entre aceleradas y frenadas. Habrán pasado unos veinte minutos, hasta que ella hizo el ademán de levantarse y bajarse. Yo rápidamente me levante de mi asiento y me baje del bus antes de que el chofer cerrará la puerta de atrás en mi espalda, y me detuve para no parecer tan evidente. Busque en el bolsillo un cigarrillo, pero no encontré, y la vi alejarse unos metros por la calle. Ella marco un número en su celular y hablo solo una decena de segundos por él. Luego lo guardo en su bolso, y siguió su paso hasta la esquina. Yo sólo unos metros atrás, más nervioso que nunca llegue a la esquina, desde donde la vi cruzar la calle y entrar a un pub de paredes rojas y grandes ventanas, y que recordé que había entrado en él alguna vez. En la misma esquina donde estaba parado había un almacén y entre en él para comprar una cajetilla. No me habré demorado más de 30 segundos por lo que me quede un rato, sentado en la vereda mientras me fumaba lentamente un cigarrillo. Al final decidí ponerle fin a todas estas estúpidas conjeturas, y así como los amantes de los libros viejos que había leído en el colegio, agarré toda la decisión y me dirigí hacía el pub con toda la intención de hablar con ella aunque sea de saber cómo se llamaba para darle un nombre a la razón de mis desvelos. Estaba seguro que tenía novio, o no sé, algo así pero por último tenía que humanizarla para sacarla de mi cabeza. Entre en el pub, y me dirigí a la caja, para pedir una cerveza. Miré a mí alrededor buscándola, y la vi allí sentada en una mesa con dos mujeres más. – Esta es mi opción – pensé, y me senté en una mesa a fumar algo y a tomar esa cerveza que me daría las agallas suficientes para ir a enfrentar mi destino. Alcance a escuchar unos tres o cuatro temas que pusieron en el wurlitzer, y al final cuando termine de tomar la cerveza (que demore más de lo habitual), me levante completamente decidido, hacía la mesa de ella y sus amigas. Pero grande fue mi mala suerte, y realmente grande lo fue, cuando por el pasillo, justo al lado de la salida de la puerta del baño, sale un joven, de más o menos mi misma edad, pero bastante más grande y fuerte que yo, que sale violentamente del baño y se tropieza conmigo. Se apoyó en la pared, y con su cara colorada, y su halito alcoholizado, me miró de arriba abajo, con la mirada un poco desviada, y me pegó un violento empujón. No quise seguirle el juego, y traté de pasar, pero me detuvo con su brazo y me dijo – ¿Que volá compare?, ¿Querí problemas, huevón? –
- No, tranquilo, Disculpa, no quiero problemas –
- Querí problemas huevón – Aseguró
- No, tranquilo, en serio, solo necesito pasar… –
Pero no me dejo terminar de decir la frase, y me llego un combo fuertísimo en la boca. Nunca me ha gustado pelear pero creo que se había pasado de la raya, y le devolví el golpe con una rabia, que lo llego a tumbar.
- Cristian, ¿Qué te pasó? – dijo uno de los mozos del pub, acercándose al borracho.
- No, hermano es que… - Y siguió descargándose el borracho haciéndose la inocente víctima, en una descoordinada verborrea de insultos y frases sin sentido que yo no entendía, pero que de todos modos, la cosa al final es que…
Me sacaron a patadas del local.
Obviamente, no pude volver a entrar, y no pude saber nada sobre ella, ni como se llamaba ni nada, y para la peor de mis suertes desde ese día por más que seguí viendo a mi amigo, y seguí yendo al mismo paradero nunca más la vi. Por lo menos aprendí una lección: Nunca me vuelvo a obsesionar con nadie.

