
Las luces entraban por las ventanas de la micro mientras avanzaba rauda por la avenida. Hacia unos diez minutos la había tomado, y me había sentado en este asiento casi al fondo junto a la ventana. Aburrido de las mismas canciones en mi mp3 quise poner la radio. Sonaba Knives Out de Radiohead, y decidí dejarla. Miré la hora en el celular, pero a los pocos segundos caí en la cuenta de que no me había fijado en que hora era – Siempre me pasa eso – pensé, y la vi de nuevo. Once y cuarenta y tres minutos de este sábado de mierda y el frio se colaba por una ventana que alguien había abierto seguramente en la cálida tarde que había hecho hoy. Me levante y avance por el pasillo para cerrarla, pero no pude. Avergonzado regresé a mi asiento y tímidamente mire a mi alrededor, y al parecer ningún pasajero se dio cuenta de mi intento de “hacerme el héroe”. Justo termino la canción, y comenzó a sonar un tema de Oasis, esa que dice algo así como “coz maybe…” que aunque no me gustaba, la dejé porque me traía recuerdos de cuando era más pequeño. Seguían avanzando las calles, y en mi interior comencé a pensar en lo gigante que es esta ciudad, y lo lejos que queda todo. En un momento miré hacia atrás y el único pasajero que quedaba detrás de mí se bajo. Estúpidamente pensé que mi asiento era como una especie de “torre de control”, donde lo podía dominar todo, y sonreí. Entonces comencé a mirar a los pocos pasajeros que quedaban. A mi izquierda en la otra ventana había un loco como de mi misma edad, que miraba hacia afuera. Tenía un polerón blanco con una gran marca al centro, unos jeans azules y zapatillas de basquetbol, y me llamo la atención que usaba el pelo corto, muy corto, su pelo natural de color oscuro, pero con unas pintas rubias como las manchas de un guepardo. Cabeceaba mientras escuchaba música de su celular, y justo en ese momento, paso una mina por afuera de la micro y la siguió con la mirada descaradamente hasta donde llegaba su cuello, y luego como empujado por un resorte regresó la mirada, hacía mí. Yo esquive su mirada haciéndome el gil, y mirando a la mina que estaba sentada dos puestos delante de él. Ella estaba ahí desde antes de que yo me subiera y no le había visto la cara, aunque como decía un amigo mío “tenía buena espalda”. Más adelante en los puestos que van de espalda al chofer, habían dos ancianos sentados que aunque estaban tomados de la mano, no conversaban. Me pareció extraño el caballero, porque hacía tiempo que no veía a uno usar sombrero, e incluso le encontré un parecido muy grande al tío Lalo Parra. La señora al lado, miraba hacia afuera con la mirada perdida, y se notaba que por momentos trataba de girar su cuerpo hacía el señor para decirle algo, pero no se le ocurría nada y chocaba con la inflexible cara de estatua de él, y volvía a perderse en la infinidad de las fachadas de las casas. Al otro lado del pasillo y en la ventana que daba a mi lado, una señora amasaba una bolsa entre sus manos tratando de esconderlas del frio. Por momentos se hacía la dormida y luego mágicamente segundos después despertaba súbitamente y nos echaba una rápida mirada a todos los pasajeros, para volver a hacerse la dormida. Ahora en la radio sonaba Luces no bélicas de Lucybell, mientras el bus paraba en un rojo. Una señora corrió hacía el bus, complicada con unas bolsas, mientras un poco más atrás una joven arrastraba a duras penas una caja. La mujer golpeo el vidrio de la puerta delantera, y el chofer, que esperaba el verde con el brazo apoyado en el manubrio, estiró el brazo izquierdo con toda la paja del mundo para pulsar el botón para abrir la puerta. La mujer se subió apenas y dejo las bolsas en el suelo, mientras buscaba ansiosa la tarjeta dentro de su cartera. La joven le pidió a la señora que le dijera al chofer que le abriera la puerta del medio para meter la gran caja. En eso la viejita, le pega un codazo al viejo para que se parara a ayudar a la joven a subir la caja, pero solamente se movió como si estuviera volviendo de un trance repentino, y sin mirar a la abuelita, dejo caer la mano en el aire, para luego cruzar los brazos frente a su pecho. Y fue entonces que la ví. Era igual a Julieta, y eso me dolió – Porque cresta todas las minas me recuerdan a ella – pensé, y mientras reaccionaba quise hacerme el galán, y pararme a ayudarla. Me acerque, y su olor me pareció agradable. Sentía que su perfume se lo había sentido a alguien alguna vez antes, y mientras levantaba la caja, miré para cualquier parte, pero no sé porque no la quise mirar a la cara. Después de dejarla caer, hice como que me limpiaba las manos. Me dio las gracias, y yo solo atine a sonreír tímidamente. Levanté mi mirada y la cara del loco de atrás parecía desnudar con la mirada a la mina que recién había subido. La miraba con una cara de deseo terrible. Yo me devolví rápido a mi asiento, y me di cuenta que un audífono se me había caído de la oreja. Me lo puse de nuevo, pero mejor decidí quitármelo para escuchar a las dos mujeres. La señora le preguntó a la hija porque el validador le tiraba saldo negativo, y la hija le explico que a esta hora funcionaba ese sistema. La mujer la miró con cara extrañada, como de no haber entendido la explicación de la hija, y levanto los hombros mientras guardaba la tarjeta de nuevo en su cartera. Las dos mujeres se sentaron en los asientos que daban a la puerta del medio, y dejaron las bolsas sobre la caja, no sin antes pegarle una mirada desconfiada al loco que iba atrás, que ahora movía la boca al ritmo de una canción de Arcángel. Después de unos segundos la mujer y la joven dejaron de hablar y empezaron a actuar como si no se conocieran. En eso una de las bolsas se cayó al suelo, y la joven se levanto rápidamente a levantarla y se quedó parada junto a la caja apoyada en la ventana de la micro. La miré. Era realmente hermosa y comencé con el típico jueguito de mirarla unos segundos, y apenas ella volteaba a mirar hacia mí, yo miraba hacia afuera. Paso un rato es que estuve en eso (y estoy seguro que ella también), cuando de repente comenzó un rato a mirar al anciano. – ¿Que cresta?, ¿le parece más atractivo el veterano? – me dije mientras sonreía, pero de repente, la joven se dirigió a su madre y yo decidí sacarme el otro audífono.
- Vieja ¿veí al señor que esta ahí adelante? -
- Si, ¿Por? –
- ¿No creí que se parece mucho al tío Agustín? –
- Oye Cami, tení razón -
- Pero fíjate mamá, es demasiado parecido, ¿No será, familiar? –
- Oye, pero anda y pregúntale si lo conoce –
- ¿Cómo, mamá?, sale, ¡no!, ¿Cómo le voy a preguntar eso? –
- Ah, pero si es solo una pregunta miijita –
- ¡Anda tu poh! –
La señora se quedo cayada un segundo, mirando al señor.
- ¿Y si no es? –
- Sí, mejor no preguntemos -
Algo dentro de mí me dijo, que tenía que hacer esa pregunta. No era mi problema. Incluso, sabía que no era capaz de pararme y preguntarle al viejo, si conocía al tal tío Agustín. Siempre he sido cobarde y tímido, no entiendo entonces porque en ese momento, me dio por hacer algo así, pero como que algo me empujo a hacerlo. Me levante de mi asiento y mientras ellas seguían hablando, me les acerque y les pregunté
- ¿Agustín qué?
Ninguna se dio por enterada que les había dicho algo.
- Eh, disculpe, perdonen que me meta, Eh, ¿Cómo se llama su familiar?, ¿Agustín cuánto? – repetí tímidamente
- ¿Qué me dijo, joven? – Me respondió la señora
- Eh, bueno, es que quería preguntarles como se llama el señor, el que mencionaron, Agustín, ¿Cuál es su apellido? – dije pensando, que si ya me había parado a meter la pata, la tenía que meter entera
- Varas – Me respondió la señora secamente
- No, mamá – dijo la joven riendo – no el tuyo, el del tío Agustín –
- Ah, ¿Y para que lo quiere saber? – Me pregunto la señora
- Eh, bueno…, para preguntarle al caballero de adelante –
- ¡Chuta, el cabro copuchento! – dijo mirándome enojada – Agustín Urrutia. Agustín Urrutia Gamboa, se llama mi tio –
Al parecer la señora se había sentido por el hecho que al final llegará alguien que se atreviera a preguntarle al viejo, aun cuando eso era lo que ella quería. De todos modos no es normal que en un lugar como una micro se acerque alguien a averiguarle la vida a uno, e incluso yo me indignaría si pasara. Entonces me dirigí hacía el abuelo, y le pregunté
- Disculpe, ¿Usted conoce a Agustín Urrutia Gamboa? –
- ¿Agustín Urrutia Gamboa? – me miro mientras se le iluminaba la cara - ¿De Quirihue?
- Eh, déjeme ver, ¡Señora! – le grité a la mujer - ¿Su tío es de Quirihue?
- No sé exactamente. Siempre habla de un pueblo de Chillán hacía la costa –
- Sí, si – dijo el abuelo mientras le empezaba a sonreír ansioso – Qurihue queda de Chillán hacia la costa –
- Si, aunque mi tío vive en Santiago hace mas de 40 años –
De repente el viejo, perdió la mirada en el suelo, y su rostro se volvió de repente triste, y moviendo la cabeza rápidamente hacia los lados negativamente, nos miro seriamente y dijo
- No, pero no puede ser el mismo. Yo tenía un hermano que se llamaba Agustín Urrutia Gamboa, pero él se fue de Chile en 1955, y como tres años después nos llego una carta del extranjero de que él había muerto. Mi vieja se murió al saberlo, la pobre señora. –
- Ah, entonces no debe ser el mismo – dijo secamente sin sentimientos las señora, y se voltio a mirar por la ventana. A mi me dio rabia de su actitud, pero decidí callármela
- Pero mamá, ¿No nos dijo una vez el tío Agustín que él había vivido en Uruguay? –
- ¡Uruguay poh viejo! – intervino la viejita – ¿No, me dijiste una vez que tu hermano había muerto en Uruguay?
El Abuelo no respondió. Entonces se me ocurrió volver a meter la cuchara (otra vez) –
- ¿Cómo te llamas? – le pregunte con dobles intenciones a la joven –
- Camila –
- Eh, Camila, ¿Tú no tendrás por casualidad el número del tu tio? –
- No, no lo tengo…, Ah pero espera, tengo una foto en el celular, que sacamos la otra vez –
Camila saco su celular, y le mostró la foto a los viejitos. El viejo no la quiso ver. La viejita, saco unos lentes de su bolso, y se los puso, y vio la foto
- Viejo, se parece mucho a la foto que me mostraste, es igual -
El viejo seguía sin querer ver
- Y si está vivo, entonces porque mierda nunca nos vino a ver el muy desgraciado – gritó el viejo
Todos lo miramos sorprendidos, hasta el flaite del fondo.
- ¿Y la carta?. La carta venía firmada por una tal Nora. Una supuesta esposa del Agustín. No puede ser, todo lo que lo lloramos, mi vieja, todos, no puede ser –
A esa altura el viejo estaba rojo. Todos lo miramos perplejos. La Mamá de Camila saco entonces su celular
- Camila, ahí está el número de la tía Nora. Llámala de tu celular, que el mío no tiene plata –
- Usen el mío – dije caballerosamente
Camila marcó el número. Todos esperábamos expectantes. Hasta el flaite se acerco unos asientos a nosotros. Y la mina de la buena espalda, que en ese momento me di cuenta que también tenía “buen frente”. Y hasta la señora de la bolsa en las manos se nos acerco, todos tratábamos de escuchar.
- ¿Aló?, ¿Tía Nora?.... Sí, soy la Cami…., bien, bien…., si, iremos uno de estos días….., sí, sí, me acorde el otro día…., si, tía, claro…., eh, tía, ¿está el tío Agustín?..
Sí, me lo puede pasar por favor…, gracias tía…., a usted también. –
El segundo se hizo eterno
- Aló Tío Agustín, mire quiero preguntarle algo –
- Camila apretó el celular contra su mano, mientras le preguntaba al señor
- Disculpe, ¿me puede decir su nombre? –
El Anciano no atinó a responder, pero su mujer lo hizo por él:
- Juan Carlos. Juan Carlos Urrutia Gamboa - afirmó
- Camila continuó
- Tío, ¿Usted conoce a Juan Carlos Urrutia Gamboa? –
Y ese segundo sí que fue eterno. Lejos el más largo de la historia. No me di cuenta el momento en que el chofer, detuvo el bus y se puso junto a nosotros, y el flaite apago el celular, y creo que hasta los pájaros se detuvieron un segundo, ¿qué se yo?. El silencio fue tan grande, y el momento tan largo, porque al parecer la voz al otro lado del teléfono no atinaba a responder. Me di cuenta que mi corazón latía mas rápido, y que hace rato había pasado de largo mi paradero, ¿qué importaba?, este era uno de esos momentos irrepetibles de la vida. Camila escuchó, y de repente una sonrisa se le fue dibujando en el rostro, y sin pensar si el viejo le iba a aceptar o no el teléfono, se lo pasó. El viejo hizo el ademán de no querer recibirlo pero igual lo tomo en su mano, y se acerco el auricular al oído.
- ¿Aló? – contestó Juan Carlos
Una lágrima comenzó a correr por sus ojos. Con una voz temblorosa dijo
- ¿Sabes cuantos años me arrepentí de nunca haberte dicho que te quería huevón?......, ¡Te quiero hermano!
No sé porqué se me vino a la mente Don Francisco, cuando hacía que la gente se reencontrara en su programa
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