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Hotel Europa



Apreté mi rostro a la ventana del bus en un sutil intento por ver de más de cerca el tren azul del metro que pasaba por debajo de la calle. El bus estaba esperando la luz verde en la esquina de la avenida, mientras el sol me golpeaba en la cara con violencia en aquella tarde del verano del 97. Le preguntaba otra vez, incrédulo, a mi padre la hora, y él me repetía que eran las 8 de la tarde. Estaba absolutamente maravillado con ese fenómeno del horario, absolutamente extraño para mi, y con el imponente skyline que contrastaba con la autopista que pasaba por debajo de los muchos puentes que se veían a los lejos.

Trataba de abrir mis ojos lo más que podía, capturar en mi mente infantil, cada una de las imágenes que me rodeaban por todas partes, tratar de observar, a través de mi lentes, la luz que iluminaba ese gigante murallón de piedra que se tornaba morado con el atardecer, y que parecía ser la mamá de los pequeños edificios que se extendían a sus pies. Al medio de todos esos edificios me llamó la atención una delgada torre que se alzaba orgullosa por entre todos, con su antena delgada, y al medio de su esbelta figura, cual platillo volador, una cabina gigante. En ese momento envidié a la persona que pudiera subir hasta allá arriba.

- Esa es la torre entel – me dijo mi padre, señalándola

El bus se estacionó en uno de los últimos andenes del terminal. Miraba como mi padre bajaba a buscar las maletas, mientras mi madre estiraba las piernas tras el largo viaje de veintisiete horas desde Arica. Seguí por un rato este espectáculo, y mientras ellos se repartían los grandes bultos, a la salida del terminal un señor nos esperaba con la puerta abierta de un auto muy pintoresco, negro con el techo amarillo. Después de un corto viaje por algunas cuadras, llegamos a un pequeño hotel de paredes vino tinto, y mi viejo pagó al recepcionista, con un extraño billete color azul, con la imagen de un calvo que no sabía quién era, que alcancé a sostener unos segundos en mis manos hasta que mi viejo, me lo pidió para pagar.

Esta era la primera imagen de esta ciudad. La capital de aquel lejano país largo y extraño del que se enorgullecía mi padre, y del que solo conocía por la bandera que tenia colgada en el living de la casa del barrio inglés, unos cuadros con pueblos costeros con muchos botecitos de madera y de fondo un volcán nevado, las canciones que tocaba mi viejo, junto a su amigo Hernán, que hablaban de dar gracias a la vida, y de cigarritos, y sobre todo de aquella canción nacional que partía con esa frase puro chile es tu cielo azulado. Miré otra vez el cielo de la tarde, y creo que mi padre decía la verdad.

Hoy bajo este mismo cielo azulado, esta tarde de otoño del 10, caminando calle abajo por Amunategui, mirando los edificios, muchos iguales, otros distintos, me detengo por un segundo en un edificio rojo, añoso y golpeado por los años que me devolvió al pasado en solo segundos. Era el viejo Hotel Europa. No pensé que fuese a volverme a encontrar este lugar otra vez, donde pase mi primera noche en esta ciudad de cielos claros donde he vivido más de la mitad de mi vida. Me quede paralizado con el cigarrillo en la mano, con cara de turista, de asombro, de incredulidad, como esa misma cara que debí haber tenido aquel 25 de enero, hace ya 13 años. Creo que volver a este lugar me hace sentir un niño nuevamente, como cuando estoy contigo.

Fue redescubrir esa visión de la ciudad, cuando no sabes donde estas parado, ni como se llaman las calles, y todo te parece tan maravilloso y espectacular. Fue un momento para agradecerle a esta ciudad los días buenos y malos que he tenido que vivir bajo sus cielos. Descubrir la amistad, el dolor, el sufrimiento de perder a un padre, las ilusiones de ser alguien en la vida, los primeros amores, y desamores, y sólo hace poco tiempo, la felicidad. Darle gracias a esta ciudad por cobijarnos bajo sus cielos a ti, y a mí, y a encontrarnos por sus calles en algún momento de su rápida carrera de millones de personas moviéndose a su ritmo. De hacer encontrar nuestros ritmos entre los latidos de millones de personas.

Del hotel Europa de aquella noche en que imaginaba como sería mi familia, y si podría hacer amiguitos en esta ciudad, hasta estar hoy parado frente al hotel Europa y saber que todo lo que imaginé que viviría no se acercaba a lo que he vivido bajo los cielos de Santiago.