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Adios

Las calles vacías nos mencionaron el momento exacto del adiós. Fue como si todo el mundo se hubiera dado cuenta de que queríamos un momento a solas para dejar en claro nuestra situación, para hablar de lo nuestro, y se hubieran ido a ocultar para no observar lo inminente. Tú, la sonrisa tímida, tratando de guarecer tus mejillas entre medio del cuello de tu chaqueta, que sostenías con tus blancas y frías manos. Yo, nervioso, no me paraba de mover, trataba de mirar hacia el fondo por la avenida, hacia el edificio de al frente, hacia el farol que creaba a tu sombra. No quería verte a los ojos, sabía que no podía. Y no quería llorar, no me lo iba a permitir. Mi mentón tiritaba, y yo sabía que no era por el frío. Y tú también lo sabías, pero tenías tu decisión tomada, y nada te iba a hacer dudar. Es distinto a como nos lo propusimos, todas las promesas, todas las caricias, todos los besos, todas las alegrías, las sonrisas, las felicidades, para terminar al final así. Te intenté mirar a los ojos, solo una milésima de segundo, y tú esquivaste mi mirada, miraste hacia el lado, y apretaste más la chaqueta contra tu cuello. Esa mirada, me recordó la primera vez que te vi, una noche calida de verano, en la casa de mi amigo. Tú, sola, sentada al lado de la mesa, mirando hacia ninguna parte, aburrida. Yo, solo, sentado unos metros mas allá, mirando fijo hacía ti, tímido, bajando lentamente el vaso que tenía en mi mano para darme valor, atento a lo que hacías, a tu pelo, a tu boca, a tus ojos. Y a veces tú me mirabas, pero yo inmediatamente corría mi mirada hacia cualquier parte, aunque solo segundos después, volvía de nuevo a mirarte, y repetía el mismo ejercicio, una y otra vez, sin atreverme a acercarme a hablarte. Tiempo después, tú me dijiste que me veía ridículo aquella noche, aunque te parecí tierno. Pero en este momento del final, todo era lo contrarío, esquivábamos las miradas, no por miedo a mostrarnos lo que sentimos, sino por miedo a ver lo que sentías, y tu ver lo que yo sentía. El viento empezó a soplar mas fuerte, y el reloj a correr más rápido, y al fin, alguno se decidió a pronunciar una palabra

– Marco – dijiste

- Laura – te interrumpí.

Volvimos a quedar en silencio unos segundos. Empezaste a hablar, mirando hacia el suelo.

- Marco – Y mantuviste el silencio por un instante –

- Marco, no se como decirte esto –

Volviste a quedar en silencio, y miraste hacia el lado apretando los labios.

- Marco, tú sabes todo lo que siento por ti, tú sabes… -

Y volviste a quedar en silencio, un tenso silencio, unos segundos eternos, tú mirando hacia el lado de nuevo, apretando los labios de nuevo, luego mirando hacia arriba, con las manos en el bolsillo de la chaqueta, apretando tus brazos contra tu cuerpo. Me acuerdo de eso, como una fotografía, ese instante, ese momento que quedo para siempre en mi mente. Tú, con una guerra en tu interior, parte de ti decía que si, pero otra decía que no, no puedo. Yo detenido, aguantando el dolor, aguantando las lagrimas, esperando mi condena, te miraba fijo. – Estoy listo para lo que sea, no me hagas esperar más, dispara, por favor dispara - pensé. Y quede quieto así, en ese segundo que pareció un siglo, esperando mi final… Pero no. No dijiste nada, una lágrima corrió por tu mejilla, y ella sola, esa pequeña lagrima, esa insignificante lágrima, tal como la primera gota que cae antes de que se desate el temporal, te derrumbó. Y la gota toco tu labio, y tú comenzaste a llorar, y te hincaste, y te tomaste tu rostro, y tu inconsolable llanto hizo eco por la avenida, por la ciudad, por la noche y reboto en las estrellas. Yo quedé inmóvil, quieto, sin saber que decir. No me lo esperaba. Era yo el que debía quedar así. Estaba preparado para llorar, tomarme mi cara, encerrarme, maldecir, no querer hablar con nadie, odiar a todos y a todo. Pero no. Ahora era yo el que tenía que consolarte, agacharme y preguntarte ¿Qué te pasa?, sacar un pañuelo de mi chaqueta, y ofrecértelo. Pero no quería abrazarte. Me había programado a mi mismo, para prepararme para tu falta de compasión, y ahora, de la nada, todo cambiaba. Noté, que toda tu fuerza, se derrumbó de golpe, y me di cuenta que nunca te había visto así. Me sentí estupido por haber pensado tantas cosas. Si, es verdad que últimamente tú habías estado esquiva, ya no me llamabas, ya no me acariciabas como antes, ya no me mirabas con esos ojos tristes que tanto me encantaban. Me sentí estupido por quebrarme la cabeza, pensando en que momento la embarré, en que momento hice algo que lo echó todo a perder. ¿Se habrá ella desenamorado de mí?, ¿Habré dicho algo que la molesto? pensaba. Tú me habías dicho que ya no era lo mismo que antes, y hasta entre a dudar, si alguna vez te había enamorado en verdad. Pero no, no era nada de eso. Y te vi, tan débil, tan desprotegida, que decidí mantenerme fuerte, y aguante el llanto, me limpie los ojos, y me agaché junto a ti, te miré al rostro, no se cuanto rato, pero te miré hasta que detuviste tu llanto, y levantaste la mirada para encontrarla con la mía. Te sonreí. Te dije "tranquila, tranquila preciosa, todo esta bien", mientras estiraba los brazos para abrazarte. Pero no, pude, tus ojos me miraron, esculcaron en mi interior, hasta llegar al fondo de mi alma y desnudarla. Me quede quieto, petrificado. Tu triste mirada que siempre me había encantado, ahora era tan triste, de una tristeza tan profunda, tan dolorosa. Por tus ojos, parecían como si hubiesen pasado varios años en tan solo unos pocos días. Y entonces me di cuenta, que esa mirada estaba ahí desde hacia tiempo, pero yo por idiotez o por simple egoísmo, no me había dado cuenta. Y me quede ahí, en frente de ti, sin saber que hacer, que decir. Y tal vez, eso fue lo que te hizo volver a llorar, darte cuenta que ese baluarte con el que contabas, no estaba en condiciones para sostenerte en este momento. Lloraste, mucho rato, y yo sabía que mi abrazo solo sería un falso, un tonto y cínico intento por congraciarme por no haberme dado cuenta antes de tu dolor, y solo pensar en mi, y en lo que pensé que era el fin inminente. Y hubo un momento en que tu llanto se detuvo. No quise ver el reloj, no era necesario. Te levantaste lentamente, y yo hice lo mismo a la vez. Sacaste con dificultad algo de tu cartera, un papel doblado por la mitad, y me lo pasaste, sin mirarme y me dijiste

– No lo leas, por favor, no lo leas, hasta que hayas llegado a tu casa - . Y sin terminar de decir esto, te alejaste hacia el paradero, haciéndome un gesto con el brazo para que no te siguiera, y te fuiste caminando, desapareciendo de a poco entre la neblina que había ido cayendo, en el rato que habíamos estado ahí. Me quede quieto, un rato más, esperando no se qué, sólo por esperar, y luego me fui a mi casa.

Esa noche supe que tenías sida.

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